A la yaya Celia

Antes, cuando andaba sin la sensación de hacerlo sobre suelas más pesadas que losas, mantenía como agradable rutina ir a la tienda de comestibles. Ahora le traen los alimentos a domicilio, las piernas le fallan. Antes, cuando regresaba de la tienda, aparcaba el carrito de la compra ante el portal de casa, desenfundaba el pan y arrancaba un mendrugo. Su bondadoso compañero de cuatro patas, larga cola y oscuro hocico, la esperaba en el envés de la puerta. Tras dar con la llave pertinente, entreabría la puerta y arrojaba el cuscurro de pan. Ocupado con ese cotidiano obsequio, el perro no se abalanzaba sobre la compra. A la abuela le daba tiempo de entrar con el carrito, y avanzar por el pasillo a pasitos pequeños. Al llegar a la cocina, cerraba la puerta y colocaba los comestibles en su debido lugar, parsimoniosamente. El perro seguía royendo el cuscurro de pan en el portal de casa.

Además de pan recién horneado, la abuela le daba un baño espumoso. Pero eso sólo ocurría cada cierto tiempo. Ahora ya no tiene perro, murió. Y se siente más aliviada que apesadumbrada. Quería mucho a ese perro, así que decidió sobrevivirlo. Si ella marchase antes de este mundo, el perro no tendría a nadie que le atendiese con tan buena disposición. Prefería ser ella quien llorase por él, y no a la inversa. Pero la abuela no llora, ahora tiene otro motivo por el que preocuparse: las gallinas. Si el perro aún viviese, las gallinas serían su macabro divertimento. El perro murió, y ahora la abuela tiene gallinas. El perro era fornido, pero apacible. Las gallinas son inquietas, pero desmañadas. El cuidado de las gallinas supone un compromiso de la abuela que tan sólo puede darse en el concurso de su vida. La abuela necesita vivir para cuidar a esas aves torpes que, además de poner huevos, picotean el suelo del patio de casa.

Las últimas veces que la abuela se encaminaba a la tienda de comestibles ya parecía andar mediante dos pernos metálicos. Pero continuaba yendo, quizá para prolongar la ceremonia que alborozaba al perro: un mendrugo de pan que esperaba, agitando afanosamente la cola, desde el otro lado de la puerta. Ahora que le traen la compra, el andar latoso de la abuela no tiene otro recorrido que el de circular por la vivienda. Se levanta del sillón cuando empieza la publicidad, y se acerca a ese patio convertido en corral de aves gregarias. Atender a las gallinas es una obligación contraída con la vida que le impide ausentarse de ésta. Luego regresa adentro, y se deja caer sobre el sillón. Se acomoda, y con la mirada se asegura de que el mando del televisor permanece sobre el reposabrazos. A los diez minutos se volatiliza la distinción entre el sueño pasajero y el sueño profundo. Y entonces, mientras duerme, le dice a uno de sus nietos que se ponga aceite en la comida. No se siente abnegada, se sabe laboriosa. Y ese nieto soñado llega para visitarla, y se la encuentra durmiendo en el salón de casa.