A Miguel Riera Montesinos

Publicado en: VVAA. 80 años no es nada. Obra y milagros de un disidente. Ediciones de Intervención Cultural (pp.105-108)

Nos conocimos en junio de 2020, poco después del confinamiento por la pandemia. Miguel propuso encontrarnos. Me quería conocer tras haber leído, en marzo de ese año, una propuesta de artículo para la revista que le llegó a través de Salvador López Arnal, cuyo contacto me lo proporcionó Jordi Torrent Bestit poco antes de fallecer.

Fue la primera contribución que publiqué en El Viejo Topo, en el número de mayo de 2020. Ese texto estaba originalmente concebido como una serie de reflexiones que quería compartirle a una amiga que por ese entonces se encontraba en Glasgow. A medida que organizaba mis ideas, el proyecto de escritura ampliaba su envergadura. Finalmente surgió un artículo, de vocación polémica, sobre las dinámicas económicas que sostienen esos dos campos semánticos que escenifican la pugna de nuestros días: el progresismo liberal y el populismo conservador. Supongo que el texto resultaba fresco porque Miguel me escribió diciendo que le había gustado mucho.

Llegados a este punto, retrocedamos unos años para explicar por qué fue en el Topo que opté por proponer la publicación de ese artículo. Y creo que es relevante contarlo, aun cuando sea por una sencilla razón: siendo quizá la persona de menor edad de cuantas nos agrupamos en estas páginas, mi acercamiento a la revista probablemente sea muy distinto al de la mayor parte de los compañeros que El Viejo Topo ha tenido a lo largo de los años, de las décadas, de infatigable horadar.

Para los más leídos de entre los politizados de mi quinta, el nombre de El Viejo Topo trae consigo las resonancias de una editorial combativa. Pero muchos de ellos ignorarían la existencia de la mítica revista si no fuera por la entrevista que Pablo Iglesias le hizo a Miguel Riera en Otra Vuelta de Tuerka a inicios de 2017. Había yo regresado de Quito, mágica ciudad en la que estuve viviendo durante tres años, sin por ello perderle la pista a la actualidad política española, que por entonces orbitaba alrededor de ese artefacto llamado Podemos. En ese contexto es que Iglesias, además de ser el líder de una apuesta política que aún generaba esperanzas, se consolidaba, a través de medios no convencionales, como un comunicador de referencia. Y en aquella ocasión su programa de entrevistas contó con la presencia de Miguel, a quien Iglesias presentó con estas palabras:

«Según Jorge Verstrynge, en España sólo quedan tres nacional-bolcheviques: él mismo, Manolo Monereo y nuestro invitado de hoy. Nació, creció y vivió en Barcelona, pero ningún himno le emociona tanto como La Marsellesa o La Internacional. Por las venas de su memoria camina con parsimonia el viejo topo de la historia de nuestra izquierda».

Debo reconocer que la presentación logró interpelarme: me reconocía, y sigo reconociéndome, en esas convicciones políticas que son movilizadas al son de unos himnos –aquellos que emocionan a Miguel– cuya letra invoca la suficiencia de las clases populares en la construcción de un futuro que les pertenezca. De manera que, pese a lo mucho que haya decepcionado la figura política de Pablo Iglesias, sigo agradeciéndole a su faceta periodística que me hubiera acercado, por medio de la figura de su director, a El Viejo Topo.

Y una vez finalizado este breve comentario –cuya razón de ser ha sido explicar cómo llegué a situar al Topo bajo el radar de aquellas publicaciones de interés y afinidad–, regreso nuevamente al momento en que Miguel y yo nos conocimos personalmente. Tres años después, en una cafetería de Mataró.

Aunque no creo que tenga buena memoria para las anécdotas, sí recuerdo que en ese encuentro pude haberle causado a Miguel una preocupación innecesaria: mi voracidad comiendo kikos, esos granos de maíz tostado que acompañaban nuestras bebidas, me llevó a carraspear repetidamente. Y aunque la causa de esa tos fuera un simple picor de garganta, el ambiente aún se encontraba impregnado de bastante miedo al coronavirus, por lo que cualquier reacción fisiológica era susceptible de generar desconfianza.

Sea como fuere, durante ese encuentro Miguel me contó cuál fue el perfil que imaginariamente me atribuyó después de leer mi artículo: sería yo una persona vinculada a la universidad, quizá un docente sin plaza fija o un investigador precario, pero lo curioso del asunto es que, ya fuera por no disponer de un puesto asegurado, ya fuera por la mediocridad que caracterizaría la facultad, Miguel había asumido que mi animadversión hacia el ámbito académico sería significativa.

Y aunque la imagen que se hizo de mi no correspondía del todo a la realidad (por ese entonces recién me había matriculado a un doctorado que, por priorizar mi labor en el Topo durante estos últimos años, aún no he podido finalizar), cierto es que cada vez soy más crítico con las lógicas subyacentes y con las mecánicas operativas del espacio universitario. Y en correspondencia con ello, cada vez me siento más orgulloso de trabajar en una revista que permite asumir la audacia de planteamientos y la amplitud de ideas que, en no pocas ocasiones, la academia constriñe y ahoga.

Y esta creo que es la gran fortuna de que podamos seguir contando con El Viejo Topo: una revista ensayística que, sin perder su genuina vocación de rigurosidad, se permite explorar senderos argumentativos inconcebibles, incluso, para muchos otros órganos de expresión de la izquierda política. Al fin y al cabo, avanzar por las páginas del Topo es una forma por la cual ir más lejos de los lugares comunes en los que –tantas veces por mera inercia, otras por pusilanimidad– el pensamiento político homologado se suele ubicar. De manera que el Topo, manteniendo firmes sus convicciones, no se entrega a percepciones acomodaticias ni se somete a ingenuidades autocomplacientes. Y puedo constatar, a razón del tiempo que llevo vinculado a la revista, que ese espíritu crítico resulta ser la marca indeleble que sobre la publicación ha impreso su director.

Tres años en los que Miguel me ha mostrado, mediante el vivo ejemplo que proyecta su persona, que la búsqueda de la virtud humana es necesariamente ambivalente: presupone la existencia de un absoluto ético, pero, asimismo, debe hacerse cargo de un amplio espectro de situaciones particulares y, por consiguiente, de excepciones con respecto a una única pauta de actuación. En consecuencia, la senda virtuosa –ya sea el «buen hacer editorial», ya sea la «buena conducta humana»– oscila entre, por un lado, un ideal de excelencia o una aspiración sublime y, por otro lado, la renuncia a cualquier pretensión ilusoria de determinar de una vez y para siempre cuales son las verdaderas proporciones de la perfección. Y es sobre ese inestable equilibrio que, a mi parecer, caminan los hombres virtuosos, exigentes pero generosos, como Miguel.

Barcelona, 18 de junio de 2023