Familia, antinatalismo e ideología
Diciembre 2022 / Publicado en El Viejo Topo
En España nacen menos personas de las que fallecen. ¿Cuál es el imaginario social que contribuye a la baja natalidad que experimenta nuestra sociedad? ¿Por qué ser revolucionario implica, sobre todo en la actualidad, una actitud antropológicamente conservadora?
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A Elba Gabriela
Actualmente, pareciera que ya disponemos de una familia electiva cuando consideramos que nuestro ámbito familiar está constituido, pongamos por caso, por nuestras mascotas o, en el otro extremo, por la humanidad entera. La pérdida de precisión es, a menudo, la contraparte de la ampliación semántica de los conceptos: a costa de disolver sustancialmente el significado del concepto familia, se consigue estirar suficientemente su ámbito semántico como para crear la ilusión de que la familia resulta una realidad inmediata para cada uno de nosotros. Bastaría con comprarse un perro o adoptar un gato, formar parte de una comunidad virtual o ser miembro de un club excursionista.
Asimismo, debemos rechazar una concepción meramente formalista de familia en virtud de la cual la familia es únicamente aquello que las leyes vigentes designan como familia, pues de ser así el significado de familia quedaría supeditado a aquello que en cada momento dice la ley. A veces la legalidad formaliza, positiviza o normativiza realidades sociales (en este caso la institución de la familia) que ya operan a nivel social y que, por consiguiente, son preexistentes al marco jurídico en cuestión. En otras ocasiones, por el contrario, se realiza un uso excesivamente creativo de la ley, de manera que una categoría jurídica tipifica determinadas realidades sociales de forma errónea o, por lo menos, discutible.
¿Qué es, entonces, la familia? Que no espere el lector de este artículo encontrar una teoría de la familia, pero sí es necesario partir de una definición, aunque sea elemental y no se pretenda canónica, con la que poder avanzar. Veamos.
La familia es una comunidad de individuos que mantienen relaciones de parentesco históricamente moduladas. A partir de la posición que ocupan los individuos en esas relaciones de parentesco se constituyen determinados roles comportamentales (hijos, padres, tíos…), los cuales predisponen la organización de un determinado espacio doméstico y/o vital. Las relaciones de parentesco se configuran, principalmente, a partir del matrimonio (poliginia, poliandria, monogamia…) y de la filiación (patrilineal, matrilineal, ambilineal…); y estas relaciones de parentesco, en sus diversas formas, dan por resultado el engendramiento de seres humanos, su nacimiento y crianza, así como la transmisión intergeneracional de los recursos familiares.
La anterior conceptualización nos lleva a observar la familia como una institución antropológica históricamente sancionada. Al ser parte de un contexto cultural específico, debemos reconocer que no existe una única forma de familia, es decir, que no existe una familia natural; pero ello no implica que la familia sea arbitraria, como podría sostenerse desde el relativismo cultural, o una simple performance, como sostendrían muchos constructivistas. Existen pautas materiales (ecológicas, tecnológicas, etc.) a las que es posible seguirle el rastro para entender el desarrollo evolutivo de la familia en cada sociedad en particular. Pero las diferentes formas de familia a las que da lugar su desigual desarrollo evolutivo no comprometen el cometido básico o función primaria que le resulta inherente a la institución: favorecer la procreación humana.

Debe comprenderse que naturaleza y cultura no son realidades inconexas. Aunque su forma sea cultural (y, por tanto, histórica), la familia surge de una situación natural (es decir, biológica): la reproducción de los seres humanos, cuyas necesidades y dependencias –sobre todo en su más temprana edad– son mucho mayores que las de cualquier otra especie animal. De modo que satisface a la naturaleza humana de la especie esa institución antropológica, culturalmente ensamblada, a la que denominamos familia, proveedora de los cuidados necesarios para garantizar la reproducción de los seres humanos. Y esa es la razón por la que el fundamento originario de la familia –su más básico mecanismo operacional al que, por cierto, solemos denominar familia nuclear– se encuentra en las relaciones del padre y la madre (o progenitores) con respecto a sus hijos (o progenie).
No debería sorprendernos que el matrimonio, sea cual fuere su forma, ocupe una posición central en la mayoría de las culturas del mundo[1]. Pero la familia no se encuentra necesariamente adherida a la unión conyugal: la disolución del matrimonio por medio del divorcio no implica la disolución de la familia, sino su conversión a formas distintas de familia (de padres divorciados, monoparental, etc.). Y a través de la adopción existe la posibilidad de incorporar a la unidad doméstica niños que serían tratados como si fueran hijos biológicos[2]. Asimismo, podemos considerar la existencia de familias aun cuando éstas no estén articuladas por medio de la descendencia: los lazos sexoafectivos son, por sí mismos, un aglutinante familiar; y, como veremos, cada vez más son las parejas que forman una unidad familiar a pesar de no querer hijos.
En la actualidad, por otro lado, la seguridad y educación de la descendencia puede ser realizada, en menor o mayor medida, por instituciones estatales alternativas a la familia: la institucionalización pública de ciertos cuidados y atenciones (salud materna, pediatría, educación infantil, protección jurídica, etc.) no supone ningún riesgo para la perdurabilidad de la familia, la cual sigue siendo necesaria para la procreación de la especie. La población es uno de los recursos más básicos de los que dispone un estado, cuyo gobierno puede favorecer la creación de familias e incentivar la natalidad mediante múltiples iniciativas legislativas. Pero su capacidad biopolítica también puede emplearse en el sentido opuesto: dificultar la creación de familias y desincentivar la natalidad.
La familia sí dejaría de ser necesaria ante la aparición de distintos procedimientos con los que proveer a la sociedad de nuevos individuos. No existen granjas de humanos, aunque el continente africano es para buena parte de los países europeos una inmensa despensa de la que surtirse de nuevos hombres y mujeres. La inmigración contribuye a reponer los recursos humanos de un país cuya natalidad es inferior a su mortalidad, y, además, permite introducir nuevas dinámicas socioeconómicas y socioculturales que pueden ser provechosas para ciertos proyectos políticos. Incluso, si nos alejamos de la realidad actual, podemos bosquejar otros escenarios: la fecundación artificial posibilita que la concepción biológica de seres humanos se realice mediante procedimientos ajenos a la familia, pues ya no serían padres sino científicos los artífices de la vida humana.
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Una vez llegados hasta aquí, formulemos la pregunta que motiva la redacción de este artículo: ¿por qué en nuestras sociedades, las de Europa occidental, nacen tan pocos niños? En España, de hecho, la natalidad se encuentra en su mínimo de la serie histórica: nacieron 159.705 niños en el primer semestre de 2022 (periodo en el que 275.872 personas fallecieron)[3]. Y el Indicador Coyuntural de Fecundidad se encuentra en 1,19 hijos por mujer española en 2021 según el Instituto Nacional de Estadística; es decir, por debajo de los 2,1 hijos por mujer con que se garantiza el remplazo generacional.
Cierto es que la tasa de natalidad ya viene descendiendo desde el inicio del proceso de urbanización: los hijos son en el campo unos brazos para trabajar, mientras que en la ciudad son una boca a la que alimentar. Porque en las sociedades rurales basadas en economías agrarias una progenie numerosa contribuye a maximizar el rendimiento de las cosechas, además de asegurar el cuidado de los progenitores una vez que éstos envejecen. Pero los incentivos para tener niños decrecen en la medida que éstos pasan a recibir (consumir) más de lo que ofrecen (producen) a medio o incluso largo plazo.
Son, por consiguiente, dinámicas estructurales aquellas que nos permiten entender el motivo por el cual en los países postindustriales la relación coste-beneficio con respecto a la descendencia pasa a ser negativa. Se completa la transición demográfica al alcanzar una fase en la que el crecimiento vegetativo sería levemente negativo si no fuera por la inyección de flujos migratorios. Son procesos de larga duración que se están acelerando a causa de fenómenos coyunturales. Porque, aunque la disminución de los nacimientos fuera una tendencia inequívoca en un país como el nuestro, lo cierto es que, a pesar de la llegada de población extranjera con patrones de fecundidad más elevados, la natalidad se ha reducido significativamente en los últimos años.
Son fundamentales para comprender los motivos que subyacen al descenso de la tasa de natalidad los factores relacionados con las condiciones materiales de vida: empleo precario, acceso a la vivienda, incertidumbre económica, conciliación laboral y familiar, etcétera. De modo que un análisis omnicomprensivo de las causas de la reducción de la natalidad en una sociedad como la nuestra debe tener en consideración aspectos como la estabilidad profesional o la relación entre el salario medio y el coste de la vida. No obstante, la producción y reproducción de la actividad humana no se reduce a aspectos duros (legales, económicos…), pues la psicología colectiva (las concepciones mentales del mundo, los sistemas de valores y creencias…) es una variable igualmente crucial en el desarrollo interno de la sociedad.
Unos aspectos remiten a las oportunidades objetivas para la descendencia (lo que en términos marxistas llamaríamos infraestructura), mientras que los otros se relacionan con las preferencias subjetivas (ahora diríamos superestructura). Ambas dimensiones se conjugan entre sí. En no pocas ocasiones, los problemas económicos y la inestabilidad laboral se confunden con convicciones personales; entonces, la ausencia de oportunidades objetivas para tener críos se nos presenta en la conciencia como resultado de un proceso de libre elección personal, por lo que las dificultades materiales acaban siendo conceptualizadas, y de este modo legitimadas, como si fueran una preferencia subjetiva. También ocurre a la inversa, que ciertas elecciones subjetivas se esconden bajo supuestas determinaciones objetivas.
A lo largo de los próximos párrafos aislaremos los factores materiales o razones duras que contribuyen a movilizar la dinámica general de una formación social; éstos, a efectos analíticos, no serán tenidos en cuenta. Por el contrario, centraremos la explicación en aquellos aspectos psicosociales (blandos o simbólico-ideacionales, en contraposición a los aspectos duros o materiales) que contribuyen a que las parejas decidan no solo tener menos hijos, sino, en muchas ocasiones, decidan no tenerlos. Éstos serán presentados de forma esquemática, a cuyo efecto servirá la clasificación entre, por un lado, valores (libertad / compromiso) y, por otro, creencias (sexualidad / ecologismo).
[·] Libertad. Una concepción pueril o naíf de libertad que se encuentra emparentada con la «libertad negativa» propia del liberalismo. Planteada inicialmente por Hobbes a mediados del siglo XVII, este tipo de libertad podría definirse como la ausencia de impedimentos o interferencias externas al individuo[4]. No es este el lugar para desarrollar esta concepción de libertad en boga. Basta con decir que se concretiza en ciertas disposiciones vitales: un niño quita libertad porque hay que cuidarlo (cambiarle los pañales, darle de comer, etc.) y eso impide hacer lo que uno quiere: viajar, salir de fiesta, ascender profesionalmente… empoderarse. Ante lo cual, simplemente debemos recordar que existe otra concepción de libertad, en mayor medida robusta, que nutre la corriente de pensamiento republicana y, por extensión, socialista.
[·] Compromiso. Se relaciona con la atribución de «libertad» a la que nos acabamos de referir y, al igual que ésta, es el correlato de las transformaciones acaecidas en la base material de la sociedad: pensemos en cómo el mundo del trabajo se vuelve inseguro y discontinuo en nuestras sociedades posindustriales, al tiempo que la fragilidad e inconstancia empieza a caracterizar las relaciones afectivas[5]. Se amplía el miedo a los compromisos vitales, y los vínculos interpersonales devienen escasamente duraderos: no voy a tener un niño porque es probable que en unos pocos meses, o a lo sumo años, se termine la relación con su padre/madre. Asistimos a una dispersión de la urdimbre familiar, en paralelo a un proceso acelerado de atomización e individualización.
[·] Sexualidad. La profusión de los métodos anticonceptivos, así como la provisión de la educación sexual que permite su uso, permitieron ya hace décadas que la faceta recreativa del sexo se desligara de su función reproductiva. La concepción de una criatura no es, si es que lo fue alguna vez, la finalidad que persiguen la mayoría de las cópulas. La novedad reside en que, desde hace unos pocos años, las sexualidades normativas (es decir, aquellas que son promovidas por los poderes políticos, económicos, mediáticos…) son las formas de sexualidad que, por definición, no pueden ser reproductivas: ya sea en los programas educativos que se delinean desde la institucionalidad política, o en las narrativas publicitarias difundidas por las grandes corporaciones empresariales, el modelo de sexualidad promovido es el LGBTQ+. La homosexualidad en un inicio, y, una vez normalizada ésta, otras formas de sexualidades alternativas pasan a ser gradualmente presentadas como simbólicamente superiores por parte de la ideología dominante[6].
[·] Ecologismo. De igual manera, las narrativas hegemónicas suelen sobredimensionar la huella ecológica de los individuos, y ello estimula a que el antinatalismo sea concebido como un bien para el planeta. Empero, la causa del déficit ecológico nacional (que se da cuando la huella ecológica supera la biocapacidad) no se encuentra en los ciudadanos particulares, sino en actividades extractivas y productivas a gran escala; y, con respecto a ello, son irrelevantes las buenas prácticas ecológicas que el ciudadano medio realiza cotidianamente. Por lo que los mensajes ecologistas que trasladan la responsabilidad sobre el ciudadano hacen parte del problema a quienes no lo son: los ciudadanos no son culpables del cambio climático ni contribuyen de manera significativa a la emisión de gases de efecto invernadero. Asimismo, la divisoria Humanidad vs. Tierra diluye la mayor incidencia, sobre el deterioro del medioambiente, de los patrones de ocio y de consumo de quienes son inmensamente ricos[7].

A modo de síntesis, podríamos considerar que el ánimo característico de los grupos sociales que rechazan la natalidad (en su mayoría, jóvenes urbanos con formación universitaria) es, o bien egocentrismo (en mi vida solo hay espacio para mí: quiero disfrutar, no depender de otra persona…), o bien catastrofismo (el planeta está condenado: los recursos no van a poder sostener a la población…). Siendo que, en no pocos casos, se entrelazan ambas actitudes, y lo particular, en ocasiones inconfesadamente misántropo, se reviste de principios magnánimos: un acto generoso hacia el mundo es exonerarlo de un nuevo depredador humano. Todos estos aspectos se funden en los siguientes testimonios[8]…
· Beatriz, estudiante de 27 años: «No quiero hijos. No quiero sufrir el embarazo ni el parto. También es una gran responsabilidad que esté bien educado y tenga buenos valores. Estaría siempre preocupada por lo que le pueda pasar, me limita mis planes de viaje, cuesta mucho dinero, mi vida dejaría de ser la misma y yo ya no sería mi prioridad. No me gustan los niños, creo que los humanos somos el mayor mal del planeta y no veo por qué seguir aumentando la población […]».
· Manuel, psicopedagogo de 28 años: «No lo descarto, pero ahora mismo, no [quiero tener hijos]. Ahora me apetece tener el tiempo para mí, para disfrutar, y no para estar pendiente del desarrollo y el cuidado de otro ser. Quiero disfrutar de mi tiempo. Una vez haya disfrutado de mi tiempo, quién sabe. Luego hay otro motivo y es que siento que somos muchísimos en el planeta y no veo la necesidad de que haya más gente en el planeta».
Cada vez más adultos, renuentes a prolongar sus energías en designios que superen su ciclo vital, centran sus afectos en aquellos otros seres vivos que, con un promedio de vida mucho menor, no pueden sobrevivirlos: las mascotas. En España, país en el que «hay el doble de mascotas que niños menores de 15 años» (Nius Diario 26/01/2022), empiezan a ser usuales los vocablos perrhijos y gathijos, y ya no es tan anómala la figura del psicólogo canino. Pero es probable que estas actitudes decrezcan a medida que paulatinamente se extingan los sectores sociales que las protagonizan. Por motivos de endoculturación que escapan a los propósitos explicativos de este artículo, los descendientes de inmigrantes no son demasiado permeables a los valores y creencias antinatalistas, y ellos serán quienes en medida creciente conformen las próximas generaciones de españoles.
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Podríamos considerar que la subjetividad característica de una formación social suele ser aquella que, mediada por las clases dominantes, mejor se adapta a las necesidades objetivas de su propia motricidad histórica. Dicho esto, y con relación a la caída de la fecundidad, nos preguntamos: ¿qué relación existe entre la extensión del antinatalismo y los programas políticos que impulsan nuestra sociedad?
La psicología social antinatalista resulta subsidiaria de un neomalthusianismo fomentado por las clases dirigentes en un contexto de pugna por los recursos naturales. Para apoyar esta hipótesis será conveniente traer a colación el informe NSSM 200, presentado por Henry Kissinger en 1974, adoptado como política oficial de los Estados Unidos de América en 1975, y desclasificado en 1989[9]. Este documento, cuyo propósito es identificar los intereses estadounidenses allende sus fronteras, prescribía frenar la natalidad como medida favorable para el control de los recursos estratégicos y la producción de alimentos mundial. Asimismo, se buscaba diluir la presión social sobre los medios de subsistencia y, de este modo, evitar asonadas populares que desembocasen en insurrecciones.
Y pareciera que esos propósitos actualmente se realizan por la vía del progresismo: no hijos, no autos, no carne. No es cuestión de desarrollar en este artículo la función nada desdeñable que, indirectamente, cumple el progresismo: que la precarización de la vida sea revestida de valores positivos. Por lo que simplemente nos limitaremos a mencionar que, en la medida que nos empoderamos subjetivamente y salvamos al medio ambiente, renunciamos voluntariamente a la carne, al automóvil, a los niños… A modo de ejemplo, el explícito titular de un artículo del periódico El País: «Hazte vegetariano, deja el coche y ten menos hijos si quieres luchar contra el cambio climático» (12/07/2017). Este neomalthusianismo adopta distintas expresiones (antiespecismo, ecologismo, transactivismo, hedonismo, narcicismo…) pero todas ellas empiezan a ubicarse sobre el escenario ideológico hegemónico de nuestra contemporaneidad.
Cabe puntualizar que las modulaciones simbólicas que contribuyen al descenso de la natalidad, aunque en nuestro país se las considera bajo el membrete del progresismo actual, son expresión directa de un pensamiento de marchamo liberal procedente del otro lado del océano. Difundidas por el mundo a través de numerosas fundaciones e instituciones, de la industria cultural y del entretenimiento, sin obviar las redes sociodigitales, estas tendencias antinatalistas, a menudo recubiertas de apelaciones a los derechos humanos, podrían pensarse como la contraparte persuasiva y sugerente de los programas de esterilización que Estados Unidos impuso en diferentes países del mundo en décadas pasadas: los métodos son diametralmente distintos… ya no son explícitos y, por ende, no necesitan ser clandestinos[10].
Al margen de provocadoras comparaciones, lo cierto es que Estados Unidos también fue pionero en emprender programas de esterilización forzada entre sus nacionales excedentarios. Siempre ha sido un cometido de los poderosos prevenir posibles estallidos sociales; y, durante buena parte del siglo XX, los propósitos eugenésicos se focalizaban en la gente pobre y, específicamente, en indigentes y criminales. Sin embargo, actualmente no son esos los sectores de población cuya herencia (y aquí solo importan los atributos sociales, no los rasgos biológicos) no será transmitida a las siguientes generaciones; son, por el contrario, los grupos sociales con un nivel formativo más elevado, a los que se le presupone mayor conciencia cívica, los que voluntariamente renuncian a la descendencia.
Siendo que las masas, por lo general, se encuentran atrapadas en el consumo alienante que fomenta «la sociedad del espectáculo»[11], serían los grupos de población de elevada instrucción los que constituirían una amenaza para el statu quo si no fuera porque se hallan inmersos en guisos ideológicos inofensivos para, o funcionales al, poder constituido. De hecho, las consecuencias políticas de los ideologemas antinatalistas no son desdeñables: cuando la vida se agota en uno mismo, se tiende a renunciar a un proyecto político orientado al progreso intergeneracional. La lucha por una sociedad sin clases (la teleología que guiaba al movimiento comunista) resulta substituida por una amalgama de tendencias presentistas de escasa ambición política; por ejemplo: «mi cuerpo es mío, yo decido», se suele escuchar en las marchas actuales.
Y ahora regresemos al inicio del artículo, cuando definíamos la familia a partir de los sistemas de parentesco que la constituyen. ¿Son las familias las estructuras sociales fundamentales? Podríamos pensar que la separación de los individuos de ese espacio de socialización inicial al que denominamos familia es aquello que les permite asumir una condición propiamente social; es por fuera de los espacios domésticos atravesados por lógicas familiares que se encuentra la sociedad. En efecto, la familia no podría existir sin la sociedad: la prohibición del incesto exige que las nuevas familias se formen en un contexto social de afinidad que permita salir de la consanguineidad del núcleo familiar ya constituido. Sin embargo, la sociedad se reproduce a partir de requerimientos naturales –la procreación y el cuidado del recién nacido– que son posibilitados por las familias.

A todo esto, la secretaria de Estado de Igualdad y contra la Violencia de Género, Ángela Rodríguez, afirmó que la Ley de Familias pactada por Unidas Podemos con el PSOE pretende «ampliar y ensanchar el concepto de familia», de modo que la convivencia entre «varios compañeros de piso […] debe ser reconocid[a] como un núcleo familiar» (05 de octubre de 2022). Pareciera que nos adelantásemos a un futuro de adultos en perpetuo movimiento, incapaces de acomodarse en un lugar y de fortalecer sus compromisos afectivos. No sorprende que en Estados Unidos se ofrezcan espacios de convivencia transitoria denominados Podshare: una sala grande con múltiples habitáculos conformados por un colchón, una pantalla de televisión y varios enchufes; los inquilinos pueden interactuar entre sí, pero tienen prohibido el sexo[12].
Concluyamos con una breve reflexión. Si los acontecimientos actuales siguen un rumbo indeseado, si nuestras sociedades se dirigen hacia la descomposición de su densidad cívico-comunitaria, entonces deberíamos concebir la revolución a la manera de Walter Benjamin: «Marx dice que las revoluciones son las locomotoras de la historia. [Pero] quizá las revoluciones sean la forma en que la humanidad, que viaja en ese tren, acciona el freno de emergencia»[13]. De ser así, preferible serían las familias existentes a muchos otros vínculos humanos, quién sabe si mediados por transacciones interesadas, que hoy se prometen asaz distintos.
[1] «Cuando consideramos la amplia diversidad de sociedades humanas que han sido observadas […], lo único que podemos afirmar es lo siguiente: la familia conyugal y monógama es muy frecuente. […] En primer lugar, casi todas las sociedades conceden una importancia elevada al status matrimonial». Lévi-Strauss, C. “La familia”, en AAVV. Polémica sobre el origen y la universalidad de la familia. Ed. Anagrama, 1982. De igual manera, la conceptualización de la familia presentada en este artículo se apoya en la antropología materialista de Marvin Harris y en consideraciones de Maurice Godelier.
[2] Más relevante es que, a través de la gestación subrogada, la reproducción pueda estar mediada por el mercado. Dicho sea de paso, el mercado es una institución cuyos atributos son antitéticos a los de la familia: las relaciones comunitarias se rigen por un principio distributivo («a cada uno según sus necesidades, de cada cual según sus capacidades»), mientras que en las relaciones de mercado opera un principio de proporcionalidad («tanto dinero tienes, tanto puedes comprar»).
[3] A pesar del crecimiento natural negativo, la población de España ha alcanzado en 2022 su máximo histórico. Esto se explica por la inmigración extranjera (véase: Rius, M. “La inmigración impulsa la población de España hasta un nuevo máximo: 47,43 millones”. La Vanguardia. 21 de junio de 2022). Ya el documento España 2050. Fundamentos y propuestas para una Estrategia Nacional de Largo Plazo, elaborado por el actual Gobierno de España, afirma lo siguiente: «nuestro país tendrá que […] acoger e integrar a cientos de miles de personas inmigrantes de aquí a 2050». El documento, que se puede encontrar en la web de La Moncloa, propone lograr «un saldo migratorio anual del orden de 255.000 personas».
[4] «Qué es libertad. Libertad significa, propiamente, ausencia de oposición; por oposición quiero decir impedimentos externos del movimiento», sostiene Thomas Hobbes en el Leviatán (1651).
[5] Tal vez sea la socióloga Eva Illouz quien ha descrito con mayor precisión lo que «hoy en día es la desconexión entre la experiencia emocional/sexual y el compromiso. [De manera que] demandar que otro comprometa sus emociones a futuro resulta ilegítimo, pues representa una amenaza a esa misma libertad intrínseca de la pura emocionalidad.» Illouz, E. Por qué duele el amor. Una explicación sociológica. Ed. Katz, 2012.
[6] El jefe de Psiquiatría Juvenil del hospital Gregorio Marañón afirma que «estamos asistiendo a una explosión, un boom, un incremento exponencial de adolescentes que dicen ser trans, muchos por moda, y no lo son» (entrevista en El Mundo. 8 de octubre de 2022). Según el filósofo Denis Collin, «el trasfondo de la asombrosa «transmanía» contemporánea se refiere directamente al desarrollo actual del modo de producción capitalista. Si el cuerpo puede ser modificado a voluntad, sus órganos cambiados o transformados, se abre una nueva forma de pensar sobre el hombre y un nuevo campo de experimentación.» Agradezco a Yesurún Moreno la cita: Collin, D. Transgénero. Un posthumanismo al alcance de todos los presupuestos. Ed. Letras Inquietas, 2021.
[7] Podríamos pensar que el ecologismo centrado en nuestro modo de vida es renuente a los grandes actos colectivos: sustituye lo político por lo personal. Por ese motivo, el filósofo Slavoj Žižek considera que «es muy probable que esta ecología del miedo se convierta en la forma predominante de la ideología del capitalismo global, en el nuevo opio de las masas, como sustituta de la religión.» Zizek, S. En defensa de las causas perdidas. Ed. Akal, 2011.
[8] Susanna, J. “30 menores de 30 cuentan por qué no tienen hijos: ‘Queremos disfrutar; no vamos a tener dinero’”. El Español. 20 de agosto de 2022.
[9] También conocido como «Informe Kissinger», el NSSM 200 fue una directiva de seguridad nacional cuyo nombre completo es National Security Study Memorandum 200: Implications of Worldwide Population Growth for U.S. Security and Overseas Interests. Puede consultarse en el siguiente enlace: https://pdf.usaid.gov/pdf_docs/PCAAB500.pdf
[10] El documental La Operación (1982), dirigido por Ana María García, relata la esterilización masiva de mujeres puertorriqueñas impuesta por Estados Unidos durante las décadas de los cincuenta y sesenta. Para el caso boliviano, donde las esterilizaciones se realizaban a través de una agencia estadounidense que ficticiamente proporcionaba atención médica, se recomienda la película Sangre de Cóndor (1969) de Jorge Sanjinés.
[11] Siguiendo a Guy Debord en La sociedad del Espectáculo (1967), diríamos que las mercancías ya no solo son bienes que se pueden adquirir mediante el acceso al crédito fácil. Son, principalmente, ilusiones transmitidas a través de medios audiovisuales.
[12] Catalán, E. “Podshare, las «comunas 2.0 sin sexo» que triunfan en Los Ángeles”. El Confidencial. 24/06/2016.
[13] Benjamin, W. Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Ed. Itaca, 2008.