A vueltas con Podemos. Crítica de la «nueva izquierda»

Abril 2022 / Publicado en El Viejo Topo

El artículo interroga las posibilidades que tienen las plataformas políticas de la «nueva izquierda» para expresar las necesidades e intereses de las clases populares. Y la forma de hacerlo es abordando críticamente los fundamentos semánticos que subyacen a su campo social de referencia.

Huelga de Juguetes impulsada por el Ministerio de Consumo

Se conoce como «retirada al Aventino» a ese episodio histórico en que los plebeyos, cansados de los abusos de los patricios, decidieron retirarse a una de las siete colinas sobre las que se construyó la antigua Roma y, como si de una huelga se tratase, no seguir con sus trabajos, imprescindibles para el funcionamiento cotidiano de la vida en la ciudad. Los patricios percibieron rápidamente que la sociedad no funciona sin la gente humilde y trabajadora; por lo que acabaron aceptando la reivindicación de los plebeyos: el Tribuno de la plebe, ese magistrado elegido con el propósito de defender los intereses de los cualesquiera frente al poder de los patricios.

El propósito de referirnos a esa secessio plebis es, precisamente, sacar a colación la figura del tribuni plebis, el cual contaba con el derecho de veto necesario para anular, dentro de la jurisdicción de la ciudad, las decisiones de los otros magistrados romanos. Aunque sean relevantes los matices que pudieran complejizar la cuestión, al Tribuno de la plebe se le presuponía la capacidad de detener la maquinaria del Estado si se aprobaba alguna orden o decreto que balancease aún más en favor de los ricos su poder sobre los pobres.

Desde los inicios de la República romana a la que nos acabamos de remontar, hagamos un salto hasta la actualidad. Porque ahora ya estamos en disposición de formular la hipótesis desde la cual ubicarnos: en sus comienzos, Podemos era Pablo Iglesias, y Pablo Iglesias encarnaba la figura del Tribuno de la plebe; por lo que, en resumen, Podemos resultaba una promesa de Tribuno de la plebe: la iniciativa política llamada a defender a los ciudadanos de a pie de los desmanes de los poderosos.

Y fue esa semblanza de Tribuno de la plebe lo que a Podemos le permitía granjear considerables apoyos entre amplias capas sociales: no olvidemos que, cuando aún no contaban con un año de existencia, los morados llegaron a ser la primera fuerza en intención directa de voto, lo cual presupone que sus simpatizantes tenían una procedencia ideológica diversa a pesar de que Podemos fuera percibido como el partido más a la izquierda del espectro político (barómetro del CIS, octubre de 2014). No en vano, el Tribuno de la plebe, pese a ser anacrónico con respecto al surgimiento de la «izquierda», entronca con su misión histórica.

Sin embargo, aunque inicialmente llegó canalizar la indignación de mucha gente ante la crisis económica y política del país, Podemos dejó de representar una suerte de Tribuno de la plebe: al precio de introducir en el ámbito institucional las agendas culturales de determinados colectivos sociales, se ha convertido en una muleta de los programas políticos de las élites económicas. En palabras de Manolo Monereo, nos hallamos ante «una izquierda liberal-progresista que no cuestiona los elementos clave del poder y que asume este estado de cosas como algo insuperable»[1].

Como veremos, Podemos no concibe una sociedad cuyo resquebrajamiento se produce, fundamentalmente, por asimetrías socioeconómicas: la lucha ya no es entre clases sociales, sino entre aquellos (progresistas) que quieren que la historia avance (no se sabe bien hacia dónde ni dirigida por quién) y aquellos otros (conservadores, neorrancios, fachas…) a los que se les atribuiría el propósito de detenerla o hacerla retroceder hacia un momento anterior que (no se sabe por qué) siempre habría sido oscuro y ominoso.

Ocurre que, si se niega la posibilidad de otorgarle vigencia a las tensiones socioeconómicas que –en ese episodio histórico– dieron lugar a la «retirada al Aventino», es igualmente imposible reencarnar la figura del Tribuno de la plebe. Y esta es la conclusión a la que llegaremos: a la postre, Podemos sería otro más de los partidos con que cuentan nuestros patricios a fin de dispersar el malestar de los plebeyos, fluidificar sus reivindicaciones, y, de este modo, dificultar la unificación de sus fuerzas. 

De «lo viejo» a «lo nuevo»

¿Cómo distinguir el primer Podemos, que tanto entusiasmo generó en sus compases iniciales, del segundo podemos, cuya desaparición a punto está de consumarse? Muy fácil: atendiendo al eje a partir del cual la formación establece el combate político y, por consiguiente, diseña su estrategia comunicativa. A saber: la línea de fractura que separaba a los poderosos («la casta», como Podemos denominó a «los patricios») de los sectores populares («la gente», «los plebeyos») fue sustituida por una nueva divisoria que irreconciliablemente separa «el pasado» (en el cual se incluye prácticamente cualquier cosa que refiere al legado cultural de España) de, por otra parte, «la apertura hacia lo nuevo» (es decir, «lo progresista» …que tantas veces es «lo globalista»).

Y esto es algo que Esteban Hernández sabría detectar: «Podemos [empezó] focalizándose en la casta y en la corrupción, pero rápidamente [pasó] a otro terreno […]. Proponían una nueva España, de la que no sabíamos gran cosa […]. Había que combatir lo viejo, lo obsoleto, ese mundo obrerista desfasado, machista, racista y xenófobo, para dar lugar a una izquierda abierta, plural, arcoíris, feminista y global». Y este fue el argumentario que en Unidas Podemos se acabó imponiendo como seña de identidad: «Nosotros somos el futuro, vosotros el pasado, sois viejos, pensáis mal»[2]. Es decir, todo aquello que no sea como nosotros es fascista, rojipardo o, como se ha dicho últimamente, neorrancio.

Ahora, nuestro propósito no es aducir los motivos por los cuales el progresismo (una de las ideas «más confusas, imprecisas y ambiguas entre todas las que pueblan el universo ideológico y cultural del mundo contemporáneo»[3]) no es necesariamente una concepción política de izquierdas. Pero sí lo es tratar de averiguar algunas de las razones por las cuales Podemos abrazó el progresismo al tiempo que se apartaba de un proyecto político de izquierdas que tuviera como referencia a las capas populares de nuestro país.

Ahora bien, antes de seguir adelante podríamos preguntarnos: ¿fue alguna vez Podemos un partido que tuviera como referencia al pueblo español? De entrada, pensemos que sí, que lo fue, y que lo dejó de ser. Aunque luego la respuesta sea discutida, ahora nos conviene acentuar el viraje experimentado por la formación, desde una posición próxima a las mayorías sociales hacia una política diseñada para grupos de población específicos. Así pues, veamos el cuándo y el porqué de ese desplazamiento.

El 15M: consagración de la «nueva izquierda»

De situar un momento simbólico, podríamos pensar que el giro de Podemos se efectuó tras su alianza con Izquierda Unida en 2016. Para superar las limitaciones electorales de su nuevo socio, Podemos debía desmarcarse del bagaje ideológico de la plataforma política heredera del Partido Comunista: la necesidad de asumir un perfil propio suponía, a un mismo tiempo, la necesidad de apartarse de todo aquello que se relacionase con una izquierda vetusta con resabios obreristas. Unidas Podemos debía adoptar un lenguaje remozado, una estética destilada, y un nuevo comienzo: el 15M como evento politizado pero desideologizado.

No obstante, ya en 2015, un año antes de la coalición con Izquierda Unida, Pablo Iglesias afirmaba: «Podemos [es] el movimiento político heredero del 15M». También ese mismo año, el líder de la formación escribió un artículo, titulado “Entender Podemos”, donde sostenía que «el 15M sedimentó en la sociedad española una nueva cultura impugnatoria inaprensible bajo las categorías izquierda-derecha; algo que los jefes de la izquierda política existente se negaron a aceptar desde el principio»[4].

Muchos de nosotros interpretamos el sacrificio de la categoría política «izquierda» como parte de una maniobra táctica, dolorosa aunque necesaria: Unidas Podemos sorteaba los calificativos «izquierda» y «derecha» como parte de una operación comunicativa por medio de la cual multiplicar agregados sociales en aras de ampliar el radio de persuasión. La consecución de la hegemonía social convertía en admisible la renuncia a determinados marcadores políticos. A fin de cuentas, el proyecto histórico de la «izquierda» está por encima de las formas («etiquetas», decían) a través de las cuales ese proyecto político se expresa.

Ahora bien, pasado el tiempo ya estamos en condiciones de advertir que en Unidas Podemos aquello que realmente se rechazó no fue la denominación «izquierda» (etiqueta que algunos miembros de la formación siguen usando ocasionalmente), sino que fue el propio legado histórico de la izquierda, su matriz de sentido. Pero… ¿Qué es la izquierda?

La «izquierda» es esa posición política que representa y defiende a las mayorías sociales, a las capas populares de la nación. Depender de las rentas del trabajo para poder subsistir (la clase social) y ser ciudadanos de un determinado país (la nación política) son condicionantes que, combinados entre sí, permiten que personas de distinta índole, que participan de realidades sociológicas diferentes y cuentan con múltiples identidades superpuestas, puedan reconocerse como parte de un ecosistema popular y, de este modo, anhelar un proyecto político compartido. Pero la lógica a partir de la cual opera Podemos es otra: enfatizar lo que tenemos de particular y de diferente en detrimento de aquello que tenemos en común.

De hecho, y pese a las melifluas apelaciones a «lo nacional-popular» realizadas en sus comienzos, el terreno donde Podemos podía sembrar no es el de las mayorías sociales. El lugar de Podemos se reveló bastante más acotado: el de los segmentos urbanos con elevada formación universitaria, ampliamente propensos a resbalar sobre las inercias posmodernas pontificadas por las nuevas clerecías académicas. Hablamos de clases medias (reales o autopercibidas) a las que la crisis de 2008 las situó ante un acelerado proceso de precarización o proletarización. Precisamente de ahí surgió Podemos.

Quienes formaron el «grupo promotor» de Podemos lo hicieron en consonancia con el malestar (compartido por muchos otros jóvenes postuniversitarios) causado por la imposibilidad de ocupar la posición social que prometía su inversión en recursos formativos, o bien que debía ser familiarmente legada. Sus expectativas laborales se hallaban en proceso de descomposición cuando en las plazas de 2011 (15M) se expresó ante sus ojos la epifanía política: Pablo Iglesias encontró a la multitud, surgida de la potencia productiva de la inteligencia colectiva organizada en redes descentralizadas, incoando un poder constituyente, mientras que Iñigo Errejón observó una pluralidad de demandas de cuya articulación en un significante vacío que las aglutinase dependería la posibilidad de construir pueblo.

Es la «lógica de clase media» aquello que permite establecer «la continuidad entre el 15M y Podemos», pues su «composición social resulta similar: juventud, posiciones laborales precarias, formación universitaria y sobre todo posuniversitaria». No en vano, el núcleo original de la dirección de Podemos, que «constituía un epítome de la generación 15M», estaba compuesto «por un grupo de profesores universitarios con posiciones laborales frágiles o poco asentadas» cuyo sesgo profesional impregnó rápidamente la formación política por medio de «ciertos registros y lenguajes» que bien podrían considerarse como códigos de pertenencia[5].

El 15M favoreció la condensación de inercias posmodernas, procedentes de teorizaciones academicistas, que ya se encontraban presentes en quienes luego serían los cabecillas de Podemos (aludimos nuevamente a la influencia en Pablo Iglesias del postoperaismo de Hardt y Negri, y a la asunción, por parte de Íñigo Errejón, de las declinaciones más conciliadoras con las democracias liberales del postsocialismo de Laclau y Mouffe). Y a partir de esta trayectoria social e intelectual se sigue que Podemos acabase convirtiéndose en un organismo político cuya ingesta de gramáticas posmodernas resulta insaciable.

Así vistas las cosas, Podemos sería la organización institucional del 15M, ese fenómeno colectivo que bien podría entenderse como un capítulo central de la reacción a los límites materiales que, tras la crisis del 2008, encontró la clase media para su reproducción social. Pero si fuera cierto que la historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa, entonces debiéramos considerar la posibilidad de que el 15M hubiese sido una bufonada cuya escena inicial es el Mayo francés de 1968, acontecimiento que supone el punto de inflexión entre una izquierda moderna y otra posmoderna que actuó como plataforma de despegue del liberalismo progresista.

¿Qué es la «nueva izquierda»?

La «nueva izquierda» o «izquierda posmoderna» es un ramal de una larga senda de pensamiento que viene situándose cada vez más lejos de la izquierda del campo político: el «liberalismo». Cierto es que Mayo del 68 marca el camino hacia esta «nueva izquierda», pero su implantación no hubiera sido posible sin una serie de transformaciones de envergadura realizadas en el andamiaje político y económico de nuestras sociedades.

De entrada, ubiquemos como punto de partida la acometida (neo)liberal iniciada a finales de los 70 e inicios de los 80 en Europa (en España una década después): la renuncia a administrar públicamente las empresas de recursos y servicios estratégicos; la paulatina desregulación del mercado de trabajo, la acelerada desindustrialización y, por ello, dependencia del mercado exterior; la incorporación de fuerza de trabajo extranjera como mecanismo de contención salarial; la relajación de la carga impositiva sobre ganancias de capitales, rentas altas y beneficios de sociedades; etcétera.

Todo lo señalado en el párrafo superior (las reformas laborales y fiscales, la venta de patrimonio público, la reconversión industrial, la apertura de fronteras…) posibilitó que el Capital se liberase de las regulaciones del Estado, lo que contribuyó al fracaso del objetivo político medular de los sindicatos y partidos de la clase trabajadora: democratizar los espacios de la economía. Y la derrota histórica que sufrió la organización de las fuerzas populares tuvo obvias repercusiones en sus marcos ideológicos.

Haciendo de la necesidad virtud, el activismo de izquierdas tendió a refugiarse en aspectos cada vez más intimistas, singulares, extravagantes… Debates bizantinos sobre nociones surgidas de la (neo)escolástica académica ocuparon cada vez mayor centralidad en un activismo (supuestamente) de izquierdas que, en no pocos casos, experimentó un repliegue identitario y, por ende, sectario. Al tiempo que, por arte de birlibirloque, la apelación a los afectos se convirtió en criterio político.

De modo que el radicalismo político de izquierdas, que había asumido un inequívoco «compromiso de clase» desde que se empezara a hablar del «cuarto estado», se refugió en demandas particulares o aspectos idiosincráticos de colectivos minoritarios, específicamente marginados y/o históricamente discriminados, con la subsiguiente incapacidad de articular proyectos lo suficientemente inclusivos como para dar respuesta al conjunto amplio de los sectores subalternos y de las clases trabajadoras.

Desde esa avilantez que suele impeler los escritos de juventud, Ernesto Castro lo expresaba de la siguiente manera: «Una vez se asumió que el capitalismo era el horizonte insuperable de nuestro tiempo, los conflictos se desplazaron de lo económico a lo cultural e identitario. Los objetivos a corto plazo no eran ya la supresión de las desigualdades materiales o la creación de las condiciones de una vida digna sino, como mucho, el reconocimiento, la tolerancia y el respeto»[6].

Con el propósito de ser explícitos en nuestro cometido será conveniente condensar el sentido de las próximas líneas: denominamos «progresismo» (algo parecido a lo que en Estados Unidos se denomina «woke») a un conglomerado heterogéneo de pensamientos y sensibilidades que constituyen la mediación a través de la cual los requerimientos del capitalismo en su fase contemporánea se traducen en una forma particular de subjetividad[7]. Como consecuencia de ello, los recursos materiales y las condiciones sociales que dotan de solidez a la ciudadanía moderna resultan remplazados por múltiples reivindicaciones relativas al reconocimiento identitario o a la pertenencia cultural.

Nancy Fraser ha dado debida cuenta de ello al constatar la substitución de una «justicia social» fundamentada en la redistribución económica por una «política de reconocimiento» vinculada a las reivindicaciones identitarias. A criterio de esta autora, aunque entre ambas exista una falsa antítesis, lo cierto es que «el ascenso de la “política de la identidad” [ha] conspirado para descentrar, si no para extinguir, las reivindicaciones de la redistribución igualitaria»[8].

No son nada desdeñables, si las situamos en correspondencia con el clima político contemporáneo, las consecuencias de este viraje: desde las «conquistas socioeconómicas» (que trataban de integrar los grupos desfavorecidos a un proyecto común de sociedad) a, en la actualidad, las «políticas de identidad» o «de representación» (que dispersan fractalmente las energías susceptibles de configurar una «unidad de acción» capaz de disputar la orientación de aquellas políticas públicas que afectan de manera sustantiva las condiciones de vida de las mayorías).

Y ahí es donde se encuentra el sustrato liberal del progresismo: un aspecto consustancial al liberalismo es la negación, expresada a través del «relativismo de los valores», de un modelo de «vida buena» en el seno de la comunidad política; y esta negación es recogida por el progresismo mediante la promoción de los «estilos de vida» diversos.

Las «políticas de la identidad» se generan en virtud de la constante creación de diferencias: «en tanto toda búsqueda de identidad incluye diferenciarse uno mismo de lo que uno no es, una política de identidad es siempre y necesariamente una política de creación de diferencia»[9]. Evidentes son las consecuencias: «el excesivo énfasis en las luchas particulares de los subalternos conlleva un ejercicio de despolitización, en la medida que impide la articulación de intereses, la creación política de una voluntad colectiva»[10].

Así como la concepción social del liberalismo corresponde a una competición de individuos contra individuos, en el progresismo la pugna se desarrolla a partir de una competición entre colectivos en función de los agravios (incluso simbólicos e históricos) que éstos sufren, y a partir de ahí se elabora un encadenamiento de «males sociales» (capacitismo, racismo, machismo, homofobia, transfobia, gordofobia…) que, por su propia naturaleza, no son capaces de poner en cuestión el orden socioeconómico ni, aún menos, plantearle una alternativa política integral.

Tanto el liberalismo como el progresismo comparten la siguiente premisa: los factores desde los que conceptualizar la sociedad deben ser «apolíticos» o «prepolíticos»: rentabilidad, libre mercado, iniciativa privada… en el liberalismo; folclore, creencias, sexualidad… en el progresismo. O bien los criterios crematísticos de los individuos (liberalismo) o bien los criterios culturales de las minorías (progresismo) asumen primacía con respecto a los procesos de decisión colectiva cuyo campo de delimitación funcional es esa unidad política a la que llamamos Estado.

La aspiración liberal de organizar cualquier formación social a partir de la ilusoria «plena autonomía de los individuos» tiene su correlato ampliado en el «empoderamiento de los colectivos minoritarios». Por consiguiente, el progresismo se esfuerza por desarrollar la lógica liberal de la que inconscientemente participa, y lo hace complementando las «singularidades autosuficientes» con los «colectivos autorreferenciales»: adolescentes no binarios con ecoansiedad, mujeres migrantes afrodescendientes, personas trans con capacidad de gestar, etcétera. En ambos casos, se desvía el ancho de banda de las determinaciones objetivas de las relaciones socioeconómicas y se constituye un imaginario colectivo indiferente a la estructura social de clases.

En otras palabras: “la diversidad [de las identidades] no es un medio de instaurar la igualdad; es un método de gestión de la desigualdad”[11]. Porque no son pocas las reivindicaciones identitarias que, al dividir a las clases dominadas y fragmentar su potencial político disruptivo, refuerzan las posiciones de los grupos interesados en mantener inalterable la distribución estructural de los recursos materiales. «Divide et impera», reza la máxima latina.

¿Qué ha pasado con Podemos?

En contraste con lo expuesto anteriormente, podríamos invocar la autoridad de Eric Hobsbawm para afirmar que «el proyecto político de la izquierda es universalista: se dirige a todos los seres humanos». Por el contrario, «la política de la identidad no se dirige a todo el mundo sino solo a los miembros de un grupo específico. […] Por esa razón, la izquierda no puede basarse en la política de la identidad. Los temas que la ocupan son más amplios»[12].

El socialismo o el comunismo ofrecían un planteamiento político universalista. Pero Podemos es ya una formación típicamente socioliberal. Entonces, ¿cuáles serían los nodos conceptuales en torno a los cuales pivota el partido? Feminismo, ecologismo, antiespecismo, transactivismo… cualquier tema que esté en la agenda mediática del momento.

En Podemos, lo nuevo, por el simple hecho de ser novedoso, debe ser rápidamente metabolizado: primero el feminismo, entregándose a ese significante sin analizar los límites teóricos de su significado en la actualidad; luego la moda pasó a ser el apostolado de Greta Thunberg; y entre tanto apareció el proceso independentista catalán ante el cual la formación cerca estuvo de plegarse; si las encuestas pronostican un subidón de la derecha liberal de retórica tradicionalista (VOX), entonces suena la alerta antifascista; asumiendo, finalmente, la importación más innovadora del otro lado del océano, la teoría queer[13].

A todo esto, se produjo una substitución de la base social de la «constelación Podemos»[14]: los trabajadores con dificultades o incertidumbres económicas, que inicialmente proyectaron sus necesidades e intereses en la figura de «el Coletas», dejaron de ser la mayor parte de los simpatizantes y electores de Podemos, y los prosélitos empezaron a circunscribirse a los «jóvenes alternativos», rebosantes de buenas intenciones, residentes en los «barrios creativos» de las grandes urbes. Pero esta situación resultaba ser un epifenómeno de los procesos internos que ocurrían en la misma organicidad de la formación política.

En no pocos casos, los Círculos de Podemos se convirtieron en una «democracia de culo de hierro»: quienes tienen más tiempo para exponer y argumentar acaban imponiendo sus decisiones, y éstos solían ser «profesionales del activismo» que acabaron ocupando los cuadros de Podemos una vez que el «grupo promotor» inicial se disolvía y dispersaba. Así, los «profesionales del activismo» (portadores de «una nueva forma de hacer política») acabaron aventajando a la «vieja guardia de la izquierda» (ancianos, cuya trayectoria vital ha sido atravesada por el compromiso militante, que resignadamente se aferraron a Podemos como la última milicia a la que incorporarse para luchar por una sociedad mejor).

Ejemplifiquemos este fenómeno mediante la disputa por la portavocía de Podemos en Barcelona: a finales de 2020 se enfrentaban Diosdado Toledano, quien ha estado vinculado al sindicalismo desde su incorporación a la plantilla de SEAT en 1970, y Leandro Danza, disc-jockey de profesión, con estudios de música, fotografía y decoración de interiores. Diosdado, además de sindicalista, ha sido impulsor de la Renda garantida de ciutadania y actualmente participa de la Marea Pensionista. Leandro, por su parte, lleva a cabo proyectos en el ámbito cultural, y se encuentra vinculado a cuestiones relativas a la inmigración y al antirracismo[15]. Entre las representaciones de «lo viejo» y de «lo nuevo», se apostó por «lo nuevo».

Por consiguiente, en la medida que se imponían las así llamadas «reivindicaciones postmateriales» (fundadas en valores humanistas, en la inmediatez ética de la acción, en sensibilidades culturales, en la autenticidad del individuo y la libre expresión de su ser…), la formación política situó en el punto de mira de su acción aquellos aspectos que, además de no caracterizar el verdadero engranaje de nuestras sociedades (como el patriarcado o el racismo, en retroceso desde hace décadas, y actualmente residuales), ocultan las relaciones socioeconómicas que siguen lubricando la mecánica social.

Ocurre que, «mientras en las sociedades precapitalistas, las identidades extra-económicas servían para esclarecer las relaciones de explotación, en el capitalismo sirven típicamente para oscurecer el principal modo de opresión que le es propio»[16]: las joyas de la condesa, las calzas del marqués, la corona del duque o la sotana del arzobispo revelaban el parasitismo de la clase rentista correspondiente a los estamentos nobiliario y clerical, mientras que la piel negra de Robert L. Johnson o el sexo femenino de Ana Patricia Botín nada dice sobre su posición de privilegio con respecto a cualquier persona (incluidos los hombres blancos) que actúa como siervo de la gleba en sus dominios empresariales.

Porque «la desigualdad procede de la creciente brecha entre ricos y pobres, y reconfigurando la raza y el sexo de aquellos que triunfan se deja la brecha intacta»[17]. El progresismo es la lógica cultural del capitalismo avanzado, el cual, asentándose en un régimen de acumulación al que solemos denominar posfordista, flexibilizado y/o financierizado, promociona la diversidad de los estilos de vida a condición de que nos abstraigamos de las condiciones económicas sobre las cuales reposa cualquier forma de vida.

Sin convicciones políticas fundamentadas, deambulando al son de los tambores que más fuerte suenan, las posiciones progresistas parecieran remitir cada vez más a ciertas cuestiones efímeras de nula relevancia, situadas en un plano mayormente cultural, que irrumpen incesantemente en el debate público alimentadas por el clickbait de la prensa digital y el trending topic de Twitter. ¿Fue machista heteropatriarcal no-racializada la bofetada de Will Smith a Chris Rock en la gala de los Oscar?

Así, la «constelación Podemos» acabó convirtiéndose en una agencia de colocación profesional para espadachines de las redes socio-digitales, mercaderes del empoderamiento, coreógrafos de performances a ritmo de twerking, escultores de identidades camaleónicas, profetas del apocalipsis climático, zahoríes de señoros, neorrancios y pollaviejas, evangelistas contra el holocausto animal… En definitiva: adolescentes propagandistas de lo irreverente al tiempo que ingenuos párrocos de lo puritano, ya sea que pretendiesen agitar conciencias o, por el contrario, purificarlas.

Afirma Manuel Delgado que «hay movimientos que se presentan hoy como sociales pero que son esencialmente morales y, sobre todo, moralistas. No combaten estructuras, sino conductas. No quieren transformar la sociedad, sino reformar las costumbres. […] Son movimientos de clase media que quisieran un mundo sin estrías ni arrugas. […] Les molesta casi todo; el capitalismo menos»[18]. Porque cuando los gestos son elevados a monumentos, la política queda reducida al uso de un lenguaje inclusivo y de una compostura melindrosa. Y poco más. 

¡Cuánto habrán contribuido a alejar a los sectores populares de la política estos movimientos interclasistas de superioridad ética que inconfesadamente desprecian los valores y las creencias que se expresan en las periferias obreras! Sus reivindicaciones son tan éticamente impolutas como políticamente irrelevantes en la medida que, por un lado, no conectan con el malestar de las mayorías sociales, y, por otro, son inofensivas para la estructura de poder social imperante.

Habiendo renunciado a disputar la orientación de las políticas públicas con capacidad de modificar la correlación de poder socialmente existente, la «constelación Podemos» se limita a aplicarle una pátina de opalescente autocomplacencia a sus declaraciones: «Las ciudades se diseñaron por una sociedad patriarcal del hombre blanco que iba en coche» (Ada Colau); «[Un] profundo sentimiento de amor es lo que define mejor a la gente de Podemos» (Ione Belarra); «Lo más guay [es] que la gente estaba feliz en la calle. Para eso sirve la política» (Ángela Rodríguez); «Me gustaría que abandonásemos, quizás, la carga pesada del concepto patria para trabajar sobre el concepto matria» (Yolanda Díaz).

En su labor de gobierno, la «constelación Podemos» pretende modificar las micro-prácticas cotidianas y los patrones de consumo de la ciudadanía: una campaña publicitaria destinada a acabar con los estereotipos de género en los juguetes; matemáticas con «sentido socioemocional» y «perspectiva de género» en el nuevo currículo de primaria; un Centro de Nuevas Masculinidades; un Consejo Estatal destinado a la participación de niños y adolescentes; recomendaciones de comer frutas y verduras de temporada… son labores realizadas el pasado 2021, año en que supuestamente se debía derogar, en lugar de acomodar, la anterior Reforma laboral.

De igual manera, hemos pasado de pretender nacionalizar el oligopolio eléctrico (o, por lo menos, crear una empresa pública energética) a tolerar los beneficios desorbitados de las eléctricas a causa del encarecimiento sin precedentes del precio de la luz. Por si fuera poco, la reconversión productiva de estas grandes empresas energéticas se financiará con los fondos europeos. Porque la crítica a las imposiciones de la Troika, así como las denuncias al aventurismo bélico de la OTAN, solo son para cuando estamos fuera del gobierno. A lo sumo, nos atrevemos a expresar nuestro malestar por el cambio de postura unilateral que Pedro Sánchez ha tenido con respecto a la cuestión del Sáhara Occidental.

Somos Podemos y, pase lo que pase, no saldremos del Gobierno. Tal vez sea, como dice Yolanda Díaz, que «este Gobierno hace cosas chulísimas [aunque] no somos capaces de comunicarlas». Aunque el mercado público de vivienda sea una ensoñación del pasado, y la regulación de los precios del alquiler se haya convertido en un bono para jóvenes capaz de convertirse en una transferencia directa para sus arrendatarios. Antes afirmábamos que la nuestra sería la primera generación que viviría peor que sus padres, pero ahora consideramos que cualquier referencia al pasado posee visos de nostalgia, y eso es cosa de rojipardos o fachas.

Conclusiones

«A las viejas no hay que asustarlas, hay que seducirlas», afirmaba sarcásticamente Iglesias cuando el futuro de su partido todavía se presentaba como si fuera una fuerza disruptiva o antisistema. Sin embargo, los presupuestos semánticos que subyacen al campo social en el que se ubican sus líderes ya presagiaban que el recorrido de la formación sería el que ha acabado siendo.

De estar llamado a revertir un (des)orden lesivo para las mayorías populares, Podemos ha acontecido una formación cuya función es estabilizar ese mismo (des)orden protegiéndolo de sus críticas: cualquier objeción o alternativa procede de un inconfesado fascismo, machismo o racismo. Y si es pronunciada desde coordenadas políticas ubicadas en la «izquierda», entonces sus mandarines intelectuales (ya sabemos desde que medios digitales escriben…) afirmarán que se trata de peligroso rojipardismo.

Todo aquello que no sea considerado como «progresistaۛ» se identifica con el pasado, y éste, a su vez, suele asociarse con una España de valores casposos. Por esa razón, cualquier apelación a la «soberanía nacional», o el simple deseo de «estabilidad vital» por medio de una familia, una casa y un trabajo, resulta sospechoso y puede ser percibido como franquismo encubierto. Ay, ay, ay… mejor será no hablar.

Puesto que Podemos se inclina por rechazar aquello que no resulta novedoso, flamante, ni abierto a un pluriverso de mundos diversos, ha acabado por desentenderse de la conflictividad social. A decir verdad, pocas realidades hay tan antiguas como la lucha de clases, un rescoldo de la historia que ya habría sido prácticamente superado por medio de la plena conformidad lograda en la mesa de diálogo con los agentes sociales. Por esa razón, «[la reforma laboral] es un resultado claro del acuerdo, del consenso y de la generosidad»[19].

Hoy asistimos al agotamiento del respaldo social de una marca política sin mordiente, carente de intenciones políticas de envergadura (decía la vicepresidenta Díaz: «un proyecto de país para la próxima década» … ¿cuál?), e instalada a la defensiva. De lo que se trata es de sobrevivir, y por eso la actitud de Podemos solo puede ser sancho-pancista: a algunos les ha dado por llamar «momento Berlinguer» a ahormarse a lo existente, a consentir los preceptos de las clases dominantes, empezando por la Agenda 2030 y acabando en la OTAN.

En resumidas cuentas, el adanismo de Podemos ha convertido en antediluviano cualquier cometido cuyo origen sea pretérito al 15M, incluyendo la carga de sentido que poseía la «izquierda»: Podemos ofrecía «una nueva cultura impugnatoria inaprensible bajo las categorías izquierda-derecha», pero aquello que realmente impugnó fue «las categorías izquierda y derecha» al fusionarlas –al desdibujar el contenido sustancialmente diferencial que posee la «izquierda» con respecto a la «derecha»– en la síntesis superadora del «progresismo».

Porque aquello que anteriormente se conocía como «ideología dominante», por cuanto responde a los intereses de las élites o clases dominantes, ha permeado de tal manera sobre aquellos sujetos políticos que se consideran a sí mismos continuadores del designio histórico de la izquierda que son incapaces de advertir que, bien por el contrario, actúan como sepultureros ideológicos de la izquierda. La «nueva izquierda» es, posiblemente, la negación de la «izquierda».


[1] Riera, Miguel. “Sobre la izquierda inexistente. Entrevista a Manolo Monereo”. El Viejo Topo, nº 410, 2022, pp. 12-19.

[2] Hernández, Esteban. “La moral puritana de la izquierda y sus caballos de Troya”. El Confidencial (30/06/2019).            

[3] Moradiellos, Enrique. La persistencia del pasado: escritos sobre historia. Universidad de Extremadura, 2004.

[4] Iglesias, Pablo. “Entender Podemos”. New Left Review, nº 93, jul-ago de 2015.

[5] Rodríguez López, E. “Podemos: la política en la crisis de la clase media”. Jacobin. 04/02/2021.

[6] Castro, Ernesto: Contra la postmodernidad. Alpha Decay, 2011, p.92.

[7] Esta idea se desarrolla en: Plana, Genís: “Progresismo. Cuando los poderosos respiran tranquilos”. El Viejo Topo, nº 400, 2021, pp. 62-75.

[8] Fraser, Nancy. “La justicia social en la era de la política de identidad: redistribución, reconocimiento y participación”. Revista de Trabajo, 2008, núm. 6, pp.83-99.

[9] Benhabib, Seyla (ed.). Democracy and Difference. Contesting the Boundaries of the Political. Princeton University Press, 1996.

[10] Castro-Gómez, Santiago. Revoluciones sin sujeto. Slavoj Zizek y la crítica del historicismo posmoderno. Ed. Akal, 2015, p.162.

[11] Michaels, Walter Benn: “Liberté, fraternité… diversité ?”. Le Monde diplomatique. Febrero 2009.

[12] «No obstante, existe una forma de política de la identidad de alcance realmente global, en la medida en que está basada en una reivindicación común, por lo menos dentro de los confines de un mismo Estado: el nacionalismo ciudadano». Hobsbawm, Eric. “La izquierda y la política de la identidad”. New Left Review, nº 0, ene-feb de 2000, p.120.

[13] Por ridícula ya resulta memorable aquella afirmación de uno de los periodistas que mejor representa la progresía nacional: «el sujeto político revolucionario de nuestros días es Greta Thunberg entrelazando los brazos con una adolescente feminista y una trans de 10 años». Maestre, Antonio. “El sujeto político revolucionario es una niña trans”. El Diario. 04/07/2020.

[14] De ahora en adelante, en la «Constelación Podemos» incluimos a sus formaciones derivadas o adyacentes, ya sea sus marcas regionales, las candidaturas municipalistas del cambio, Izquierda Unida, Más País o el proyecto por venir de Yolanda Díaz.

[15] El vídeo de la candidatura de Leandro se fundamenta en una retahíla de proclamas inconexas. Algunas son de fonética agradable para la «izquierda» (derechos humanos, justicia social, republicana). Otras apelaciones, o por sí mismas no significan nada (una Barcelona con más gatos, empatía, con más amor, arte…), o son irrelevantes desde un punto de vista estrictamente político (bisexual, queer, respetuosa…). Algunas otras podrían ser suscritas por las élites globales (migrantes) o remiten a un misticismo premoderno (Pachamama). https://twitter.com/LeandroJDanza/status/1337440212763488259

[16] Meiksins Wood, Ellen. “Capitalisme et émancipation humaine”. Ducange, Jean-Numa & Garo, Isabelle (dir.). Marx Politique. La dispute, 2015.

[17] Michaels, Walter Benn: “Contra la diversidad”. New Left Review, nº 52, sep-oct de 2008, pp. 29-32.

[18] Delgado, Manuel (18 de julio de 2020): Publicación de Facebook.

[19] Díaz, Yolanda (3 de febrero de 2022): Intervención en el Congreso de los Diputados.