Septiembre 2023 / Publicado en El Viejo Topo
¿Cuál es la forma de impedir que se hable de lo que molesta a las clases dominantes conectadas a procesos globales? Hay un izquierdismo que a ratos realiza gestos irreverentes, a ratos se presenta como respetable y mesurado…
* * *

Hay un neologismo que, procedente del otro lado del Atlántico, se está extendiendo por nuestra región: wokismo.
Aunque inicialmente asumía el propósito de concienciar a la población sobre las discriminaciones sociales que sufren ciertas personas, el wokismo ha acabado aconteciendo una suerte de dogmatismo sensiblero con respecto a las reivindicaciones actuales. Su contraparte es una actitud política sumamente acrítica y enconadamente intolerante, en virtud de la cual cualquier divergencia resulta considerada sexismo o fascismo, transfobia o racismo. Y ello no hace más que dibujar los contornos de una neo-censura progresista que se conoce como cultura de la cancelación.
Los nuevos inquisidores
Un caso reciente de «cancelación», que quizá ya conozcan los lectores de estas líneas, es el que afectó a la editorial El Viejo Topo. Su director, Miguel Riera, recurrió a la metáfora de «los nuevos inquisidores» para referirse a los organizadores de Literal, la feria de libros en la que ha sido vetada la participación de tan icónica editorial[1].
Aunque la comparación pudiera sonar desproporcionada, resulta pertinente en la medida que los procesos actuales de censura o exclusión sucumben a la misma lógica que le atribuimos a la otrora Santa Inquisición: disciplinar a la población en unas pautas adecuadas de pensar y de actuar. Por lo que, si bien es cierto que la estructura del Poder se ha transformado por completo desde el fin de los tribunales eclesiásticos, permanece constante su pretensión de minimizar, y de ser posible erradicar, los comportamientos y pensamientos que cuestionen el orden político y moral que a ese Poder le resulta funcional.
Ante lo cual, este artículo asume el propósito de escudriñar cuál es la forma que adopta en España el nuevo poder inquisitorial y, no menos importante, identificar las repercusiones de su actividad. Y es con ese propósito que empezaremos por mencionar la orden religiosa a la que pertenecen los inquisidores de la feria Literal: aunque se autodenomine radical o antifascista, le daremos el epíteto de progre a este izquierdismo inserto dentro del marco de la ideología woke[2].
«Los organizadores se declaran firmes antifascistas, y les parece que El Viejo Topo no cumple con los requisitos necesarios para ser declarado antifascista. Sí, querido lector, asómbrate tú también. El Viejo Topo, según estos antifascistas de parvulario, coquetea con el fascismo», escribe Riera. ¿Se tiene la sensación de que este malogrado sainete, en cuya trama se produce un disparatado quiasmo entre fascismo y antifascismo, ya se ha presenciado en alguna otra ocasión?
Es posible que ya hace medio siglo Pier Paolo Pasolini nos avisase de que se estaba ensayando su representación: Hay un fascismo que se presenta como antifascismo pero que muestra «complicidad con la manipulación artificial de las ideas con las que el neocapitalismo está modelando su nuevo poder»[3]. Atribuyéndose el prestigio del antifascismo que en el pasado sí combatió al fascismo, el izquierdismo progre se piensa a sí mismo como algo distinto a la Gestapo, con cabeza de Mickey Mouse, del actual pensamiento oficial.
Soluciones yanquis a problemas yanquis
Para empezar, aclaremos que la izquierda progre es la expresión doméstica, con sus particularidades españolas, del wokismo. Debidamente modulado por un marco conceptual liberal, el wokismo es una ideología prêt-à-porter: un mejunje de movidas definidas por ideas vagas, pero a la moda que se estila, que predispone a que la población sea en mayor medida receptiva a las innovaciones del capitalismo vanguardista[4].
Nos situamos, por consiguiente, ante un compuesto de papilla ideológica cuyos ingredientes principales proceden del mundo angloamericano. A grandes rasgos, aquello por lo que se caracteriza este izquierdismo es por importar soluciones yanquis a problemas yanquis: #MeToo, Black Lives Matter, trans-activismo, antifas[5], etc. Al asumir las expresiones socioculturales del ecosistema estadounidense, este izquierdismo propicia la consolidación de un capitalismo innovador y flexible.
Digámoslo claro: no sólo no existe ninguna línea de fractura entre el capitalismo y, pongamos por caso, el activismo queer o los movimientos racializados, sino que, además, éstos contribuyen a acelerar su despliegue. De hecho, «la historia económica de los últimos treinta años sugiere que las élites diversificadas funcionan incluso mejor que las no diversificadas». No en vano, «después de medio siglo de antirracismo y feminismo, Estados Unidos es, en la actualidad, una sociedad menos igualitaria de lo que era la sociedad racista y sexista de Jim Crow»[6] .
Cuando los malos son quienes no pintan de colores los bancos del parque, o retiran el estandarte multicolor del balcón consistorial, entonces los buenos son todas esas organizaciones y/o instituciones que contribuyen a aumentar el espectro cromático de los logos corporativos o de los símbolos reivindicativos. Ahí está el patrocinio recibido: durante el pasado mes de junio, la nueva versión de la bandera arcoíris –cuya agregación de colores reivindica a las personas transexuales, intersexuales y racializadas– ha ondeado, y por decenas, en algunas de las sedes más importantes a nivel mundial del poder financiero (Rockefeller Center, Nueva York), del poder comercial (Regent Street, Londres), y del poder político (la Casa Blanca, Washington).
Precisamente, la portavoz de Casa Blanca, Karine Jean-Pierre, calificaba en un sentido positivo a «los niños LGBTQI+» de «resistentes [y] feroces»[7], mientras que en otras declaraciones recientes la vicepresidenta estadounidense, Kamala Harris, situaba en el mismo plano la necesidad de «invertir en energía limpia y vehículos eléctricos, y reduci[r] la población»[8]. No debe sorprendernos que disposiciones que a priori resultan loables, como la extensión de los derechos civiles o la preservación del medio ambiente, lleven ya décadas siendo instrumentalizadas para implantar agendas funcionales al poder, ya sea por cuanto fomentan un neomalthusianismo selectivo, ya sea por cuanto generan lucrativos mercados.
Aquello que se pretende ilustrar es que, por más que se pretendan disruptivas y ambiciosas, muchas de las luchas izquierdistas cumplen un cometido del cual no son conscientes: amplificar en nuestras coordenadas geográficas la morralla ideacional a partir de la cual las clases dominantes logran que sus propósitos sean operativos.
Aparatos ideológicos

La transmisión de este guiso ideológico procedente del mundo angloamericano se lleva a cabo por múltiples caminos: contenidos de redes socio-digitales, contenidos de planes de estudios académicos, de series, películas, programas de televisión y espectáculos artístico-culturales; actividades de organizaciones no gubernamentales; políticas públicas e iniciativas institucionales; agendas periodísticas sometidas a criterios de noticiabilidad; etc. Ya sea por medio de circuitos de ideas restringidos a las clases más formadas, ya sea por medio de la cultura de masas, se logra abarcar el conjunto de los aparatos ideológicos contemporáneos que permiten que una determinada visión del mundo resulte hegemónica.
Desde el momento en que la (des)politización made in USA ha sido introducida, reproducida y, finalmente, normativizada en este país (y lo que vale para España sirve igualmente para nuestro entorno europeo), le compete a una serie de izquierdistas actuar como los gendarmes que imposibilitan desviaciones del canon ideológico progresista. Y se encuentran entre las nuevas clases urbanas educadas los segmentos sociales que nutren la guardia pretoriana de la actual ideología dominante: profesionales del ocio y del entretenimiento, bohemios y artistas en general, empleados en el sector digital y de las telecomunicaciones, periodistas, trabajadores de la educación… y, muy en especial, activistas y académicos. A ellos vamos a dedicarle un párrafo aparte.
Aunque atrevida no parece desacertada la analogía según la cual el activista sería al académico lo que el peón de una obra al capataz. Los activistas (se digan activistas de los derechos humanos, feministas, ecologistas, animalistas…) son los receptores de unas determinadas consignas que se encargan de ejecutar, ya sea implantándolas a nivel sociocultural, ya sea influyendo en el curso de las políticas públicas. En cualquier caso, estas consignas son simplificaciones surgidas de los desarrollos teóricos que, procedentes de las universidades angloamericanas, se expanden por las facultades de humanidades de los países bajo influencia cultural atlantista.
Academia posmoderna
Y ahí, en el ámbito universitario, debemos buscar el Tribunal del Santo Oficio. Advirtamos, pues, que muchos de los espacios académicos ya no deben concebirse tanto como un templo del saber, como sí, antes bien, una feria de doctos charlatanes donde el pensamiento crítico claudica ante oratorias petulantes e imposturas intelectuales, y donde la celebración de la diversidad no le ofrece hueco a un pensamiento diverso con respecto al oficial.
A partir de las corrientes posmodernas que empantanan los campus universitarios de estudios sociales y humanidades es que no pocos de quienes integran las nuevas generaciones se posicionan políticamente. Los embustes posmodernos, que en no pocas ocasiones se expresan por medio de un lenguaje nebuloso, especulativo y etéreo, se proponen deconstruir y, por ende, desestabilizar los grandes agregados sociopolíticos de la modernidad (la clase obrera, así como la nación cívica), al tiempo que esencializan identidades específicas y particularismos militantes de carácter pre-político (colectivos definidos por aspectos sexuales, comunidades por origen étnico…).
Alquimistas de faramalla filosófica, buscan la quintaesencia política en la amalgama obtenida al mezclar a conveniencia, por un lado, la indeterminación más absoluta (la invención del sexo biológico, el relativismo de los valores morales, la contingencia de los vínculos sociales…) y, por otro lado, la más rígida determinación (la atribución de culpabilidad sobre los varones blancos, el carácter colonial del racionalismo, los sentimientos reveladores de conocimiento…). Entonces, la política transcurre mediante unos códigos desiderativos que, asimismo, se encuentran abiertos a una constante sucesión de experiencias sensibles.
La conciencia posmoderna, cautiva de percepciones individualizadas tanto como de significados mediatizados, apoderada de un arrebato irracionalista, aduciendo afectos y deseos a modo de criterio axiológico, se impulsa con impotencia a partir de la ilusión de autonomía con respecto a las ordenaciones y regulaciones políticamente instituidas. Asistimos, pues, a la incoherencia de afirmar verdades inestables pero irrefutables, a la apodíctica afirmación de volubles voluntades, a la ineluctable normatividad de inconsistentes subjetividades…
Sólo el sujeto puede aproximarse a sí mismo, sólo los miembros de un colectivo pueden hablar al respecto de lo que afecta a ese colectivo. Incontrovertido es el hecho de que el pensamiento posmoderno asiste a una sociedad despedazada: cuando por encima de una comunidad política existen lealtades étnicas, sexuales o religiosas, los vínculos de ciudadanía languidecen y el principio republicano del bien común se desvanece. Serán relaciones contractuales o transacciones económicas el nexo a partir del cual se puedan circunstancialmente vincular personas procedentes de campos experienciales aislados entre sí.
Tampoco podemos obviar que el pensamiento posmoderno triunfante en esas facultades, cuya importancia radica en estercolar las expresiones políticas de nuestro izquierdismo contemporáneo, además de ser oscurantista y mistificador, es profundamente anticomunista. Al respecto, basta con referenciar las siguientes incompatibilidades entre, por un lado, el método marxista y, por otro, las lógicas posmodernas: racionalismo vs. emotividad, dialéctica vs. irreductibilidad, causalidad vs. aleatoriedad, historicidad vs. presentismo… En síntesis: visión totalizadora y relacional vs. fragmentariedad y relativismo.

Desorientado está quien sea incapaz de seguir el trazado que conduce del pensamiento radical universitario a los designios del capitalismo posfordista. Disolver la consistencia de las sociedades, mercantilizar cualquier forma de vida, es el cometido al cual están consagrados buena parte de nuestros académicos de humanidades y estudios sociales. Incluso podríamos afirmar que ha sido en la universidad, y no en latitudes tropicales donde se enviaban a los marines para combatir a la insurgencia armada, el lugar en que finalmente se ha impuesto el anticomunismo[9]. Y lo ha hecho en forma de una religión secular que suministra la gramática intelectual que orienta el activismo social.
Activismo social
Las cogitaciones posmodernas dan lugar a múltiples y rizomáticas ramificaciones del activismo social: los movimientos sociales, aparentemente contraculturales y de vocación interclasista, que remolcan la nueva izquierda[10].
Sin advertir que ciertas transformaciones socioculturales son necesarias para impulsar la mercantilización de nuevos ámbitos de la vida, estos espacios sociales de influencia política acaban legitimando el desarrollo del capitalismo: tras la industria de la reasignación de sexo, vendrá la regulación de la prostitución, la aprobación de los vientres de alquiler, y posteriormente la legalización de ciertos estupefacientes y psicotrópicos. Todo ello se presentará como si fuera consecuencia de la movilización ciudadana: «conquistas sociales» en forma de «nuevos derechos» que deberán protegerse frente al avance de sombrías fuerzas reaccionarias.
Sabemos que las medidas económicas promovidas por los políticos liberales favorecen que las clases populares pierdan sus bienes materiales. Pero no es tan conocido que, para que esas clases populares puedan aceptar de buena gana ese proceso de desposesión, los mandarines de las costumbres –los activistas– también deben sustraerles algo: su patrimonio cultural, su estabilidad vital y la seguridad que ofrecen unos vigorosos vínculos compartidos. Todo ello debe diluirse en valores que nos predispongan a una vida inestable y en constante reinvención.
El izquierdismo progre combate las mentalidades antiguas que no se acoplan bien con la discontinuidad e inconsistencia que deben caracterizar a las comunidades humanas y los patrones de relaciones interpersonales, lo que es el correlato de la fluidez e innovación que caracterizan el modelo de contratación laboral y de desarrollo económico. Su apuesta es, por tanto, la referida a las consecuencias morales y culturales que trae consigo el desarrollo del modo de producción capitalista, cuya optimización se produce en entornos fluidos expuestos a procesos de innovación.
Pensemos, por ejemplo, en las grandes oportunidades de negocio que se le presentan a unas pocas empresas biotecnológicas con capacidad de absorber un mercado que las instituciones europeas ya nos están anunciando: una dieta basada en algas, harina de insectos, carne sintética, envases comestibles y, en ocasiones especiales, filetes de pescado creados por impresoras 3D. Nada de ello sería posible si no acomodásemos nuestros hábitos alimenticios. Para lo cual la expansión del veganismo, así como la retórica de la sostenibilidad medioambiental, es fundamental.
«Transicionar» es, asimismo, un verbo de actualidad que aplica tanto para el modelo de negocio económico (y el modelo energético en particular) como para las dinámicas socioculturales (y los atributos de género en particular). El izquierdismo progre es, por así decir, la derivada sociológica del capitalismo posfordista. Todo aquello que, recubierto de nobles propósitos y humanistas intenciones, propicia que los humanos estemos más expuestos a las fuerzas del mercado.
Si la patronal necesita libertad de circulación de personas a nivel planetario, ahí está el izquierdismo progre para avalar éticamente la disolución de las fronteras en lo que a movilidad humana respecta. Pese a que ello genere bolsas de población sumamente vulnerable a procesos intensivos de explotación laboral. Y otro tanto ocurre con un concepto solidario con el rumbo histórico de las corrientes políticas de izquierda: la nación, que estando unida a la soberanía popular resulta ya prescindible para unos capitalistas que buscan zafarse de ataduras democráticas. Y es en este escenario que interviene el progresismo servil, renegando de la nación al considerarla depositaria de formas políticas potencialmente despóticas o fascistas.
Son ejemplos, y con ellos se intenta mostrar que el activismo social se ha convertido en la punta de lanza de las modulaciones psicosociales que nos hacen receptivos a un entorno propicio para que el capitalismo se desprenda de los obstáculos que limitan su expansión. Aparente rebeldía procedente de un mandato ético, cuyos efectos abren mercados y aumentan dividendos.
El cometido izquierdista
El wokismo (o izquierdismo progre) se presenta como la mediación social de los más excelsos valores humanos. De manera que los activistas y los académicos serían seres ungidos de una sabiduría y de una sensibilidad ética superior, dotados de una radiante conciencia crítica y, a la postre, un referente para los demás. En efecto, solemos asumir, aun cuando sea inconscientemente, que ciertos sectores sociales (donde además de los activistas y académicos podríamos incluir a los periodistas y a los profesionales de la cultura) ofrecen un lúcido marco de interpretación de los fenómenos sociopolíticos.
Sin embargo, los análisis progresistas, aun cuando fueran honestos, son desacertados por cuanto se limitan a proyectar sobre la actualidad la lógica política del periodo de entreguerras: la amenaza fascista. Tan poco real es ese fascismo que la forma de vencerlo no es por medio del fusil, sino votando religiosamente a aquellos partidos socioliberales que, siendo la sucursal local del Democratic Party, apuntalan el orden establecido. Nos hallamos, por consiguiente, ante la «legitimación implícita del status quo, por parte de una intelectualidad posmoderna que a menudo gusta de presentarse como radical o que cree realmente serlo»[11], pero que cumple una función eminentemente conservadora: conservar el mundo actual y acentuar sus tendencias características.
Bajo el chantaje de «que viene la derecha» o, en su versión maximalista, «que viene el fascismo», el izquierdismo progre fuerza la aceptación –y, por lo tanto, la conservación– de las tendencias presentes. Por ello, no sólo se desentiende de unas legítimas preocupaciones populares (como la seguridad, especialmente en los barrios más depauperados) sino que, además, se niega a comprender algunos de los anhelos populares (como esa comunidad política de vínculos compartidos a la que llamamos patria). Es la forma de capturar las energías populares y bloquear cualquier alternativa al sistema de partidos políticos existente[12].
Así las cosas, las alusiones al «¡Stop fascismo, racismo, machismo…!» son un recurso ya trillado con que, por un lado, obturar cualquier explicación racional de los ánimos populares, y, por otro, escenificar una autoafirmación de superioridad ética. Se comprende entonces que «ola reaccionaria» se haya convertido en una expresión por la cual, en lugar de admitir la desafección que las posiciones progresistas le generan a una parte cada vez mayor de la sociedad, se la pretende responsabilizar moralmente por ello. El problema es que las clases populares no son suficientemente feministas, no están debidamente concienciadas de la crisis climática, no practican el poliamor y, en lugar de asumir una sensibilidad cosmopolita, están demasiado vinculadas a la nación.
«Comprarle el marco discursivo de la extrema derecha» es otra de esas expresiones con que el izquierdismo impide que salgamos de los marcos ideológicos liberal-progresistas dominantes. De hecho, existe una caterva de académicos y periodistas que se dedican a «estudiar la extrema derecha»: su sustento depende de estar señalando quiméricos «fachas, rojipardos, neorrancios, trumpistas…»; pero su actividad implica algo mucho más prosaico: encubrir quienes sí son poderosos y socialmente peligrosos. Esa es la auténtica función del wokismo: ocultar el verdadero rostro del Poder al exigirle penitencia a las mayorías sociales por ser demasiado blancas, autóctonas y heterosexuales.

Así, al respecto de nuestros izquierdistas, en el mejor de los casos se pierden capacidades humanas sumamente valiosas, mientras que, en el peor de los casos, quienes tienen la responsabilidad de denunciar los desmanes y abusos del Poder lo enmascaran con debates fundamentados, pongamos por caso, en el sexismo de las señales informativas de pasos de peatones o en la cuantificación de los personajes racializados que aparecen en los anuncios publicitarios. Siempre son asuntos que no están dirigidos a modificar la correlación de fuerzas entre clases sociales, sino que, antes bien, contribuyen a prolongarla indefinidamente.
El discurso de odio
Los sacerdotes del pensamiento correcto son quienes se arrogan para sí la capacidad de señalar qué es incorrecto pensar y, por consiguiente, quién piensa mal. Sus dictámenes se fundamentarían en el discurso de odio (del inglés, hate speech). Aunque no exista un marco unificado de aquello que se considera discurso de odio, lo cierto es que, en los últimos años, instituciones como la Comisión Europea o Naciones Unidas vienen apelando a ese concepto. A decir verdad, el discurso de odio no es más que la tipificación institucional del delito vulgar al que se suele a acusar a quienes piensan mal: la fobia.
Para inhabilitar una opinión –aun cuando esté sólidamente argumentada–, para desprestigiar un juicio –por documentado que se encuentre–, es suficiente con imputarle algún tipo de fobia. En otras palabras, reprochándole la condición de fóbico es que un determinado pensamiento, ya sea expresado verbalmente o por escrito, resulta automáticamente desautorizado; y ello es requisito necesario para legitimar su persecución mediante cuantos medios se crea oportuno emplear.
Excluir a una editorial de una feria de libros es sólo uno de ellos, pero existen otros tantos mecanismos por medio de los cuales condenar al ostracismo los pensamientos molestos, apartar determinados planteamientos del ámbito público, e incluso impedir la racional exposición de ciertas reflexiones. Empiezan a haber muchos indicios que pronostican un futuro en el que la palabra molesta haya sido engrillada.
Servirse del recurso de la fobia para reprobar unas determinadas ideas es algo que incorpora, además, un efecto derivado: la facultad de parapetar los fenómenos reales ante cualquier crítica susceptible de darse. Se consigue así ahogar el rigor de los análisis económicos, socioculturales… en una densa psicologización de las actitudes: filias y fobias. Si el pronunciamiento sobre cualquier asunto social queda reducido al amor o al odio que supuestamente proyecta, incapaces somos de conocer los fundamentos de las prácticas ni de los imaginarios. Ocultar la sustancia de los fenómenos es el propósito.
Se señala a los disidentes del pensamiento oficial como si fueran odiadores patológicos y enemigos de la humanidad. Y con ese propósito –sostener el régimen de verdad en que nos hallamos inmersos– se movilizan y ponen al servicio de la policía del pensamiento calumnias y acusaciones infundadas.
El enemigo inconfesado
Históricamente, a la izquierda política se le presuponía un objetivo: absorber y direccionar el malestar popular. Sin embargo, esta izquierda progre –aferrada a preocupaciones étnico-sexuales, sensibilidades éticas y modales esnobs– le deja a la extrema derecha la labor de hacerse cargo de los humores populares. Y eso no pareciera ser una negligencia sino una consecuencia buscada, pues le permite identificar lo popular con aquello que es potencialmente derechista, reaccionario, facha… No queda sino sospechar que lo que se pretende es identificar esa retahíla de plásticos improperios con lo popular.
No asisten a talleres de cocina vegana ni a cursos donde deconstruir la masculinidad, no practican yoga para sanar su interior y equilibrar su emocionalidad, regresan al pueblo de los abuelos en lugar de pasar las vacaciones en destinos exóticos, se interesan por el partido que disputa su equipo de fútbol más que por bailar voguing en un desfile de drag queens… Y lo intolerable: no revisan sus privilegios (de raza, sexo, etc.) tal y como antaño se confesaban los pecados. Si las clases populares son renuentes a la ortodoxia progresista será porque, connaturalmente ineptas, no pueden desprenderse de su rústica naturaleza[13].
Así como históricamente los poderosos han despreciado a las clases populares, los izquierdistas actuales asumen una actitud no menos desdeñosa. Piénsese en que ni siquiera las formaciones políticas de la nueva izquierda mencionan la palabra pueblo o el sintagma clase obrera; en el mejor de los casos se refieren a la gente, la cual acaban disolviendo performativamente en una miríada de colectivos, minorías, identidades y, en última instancia, nichos de mercado[14].
Aunque debamos reconocer que a simple vista las opiniones populares pudieran mostrarse rebosantes de prejuicios y sesgos cognitivos, ello no impide que puedan integrar un núcleo de verdad fundamentado en su experiencia vital compartida que, por otro lado, resulta insoportable para ese puritano pensamiento progresista. Y, aunque se manifieste por medio de incoherencias y supercherías, ese innegable núcleo de verdad es la razón de la que debiera responsabilizarse un proyecto político que tuviese al pueblo como sujeto social de referencia.
Pero no es el pueblo la referencia social del izquierdismo progre, sino la multiplicidad de colectivos minoritarios definidos por identidades sexuales o apelaciones étnico-raciales. A veces, su estímulo para la acción no es ni siquiera social, pues remite a una espiritualidad new age donde el ecologismo se entremezcla con una supuesta sabiduría ancestral. En cualquier caso, el criterio de actuación política del wokismo no son las necesidades y voluntades de las clases populares, sino, antes bien, cualesquiera que sean las prescripciones –debidamente revestidas de apelaciones a la diversidad y al pluralismo, al medio ambiente y a los derechos humanos– que formulan los tecnócratas de Bruselas y los magnates de Davos.
«El movimiento proletario es un movimiento propio de la inmensa mayoría en provecho de la inmensa mayoría», afirma el Manifiesto Comunista. Por eso la agenda sociocultural del poder, reproducida a partir de su mesnada izquierdista, consiste en promocionar identidades cada vez más minoritarias, en algunas ocasiones autorreferenciales en su singularidad. Así las cosas, la síntesis definitiva entre la izquierda progresista y los poderosos se dará cuando criticar la perdurabilidad histórica de la burguesía sea delito de odio: los muy ricos, por el simple hecho de ser una minoría, deberán ser objeto de protección política y de adulación mediática[15].
Ética en ausencia de política
Desentendiéndose de los intereses y las necesidades populares, el izquierdismo progre elabora sus opiniones políticas a partir de concepciones preconcebidas de lo bueno o lo justo que discurren entre vaguedades biempensantes y soflamas utópicas. El material ideológico sobre el que gravita su acción comunicativa son una serie de categorías fetiche (diversidad, ecologismo, sostenibilidad, feminismo, interculturalidad…) a las que el izquierdismo se adhiere sin interrogarse sus fundamentos.
Sólo de materia ética se compone el universo mental del izquierdismo: una postura que, obstinándose en los fines éticos, se desentiende de las consecuencias políticas que derivan de aquellos. Nos encontramos ante una pulcritud ética que acaba modelándose políticamente por factores cuyo recorrido se soslaya. De ahí que sus ambiciosos principios éticos, por más que apunten a propósitos aparentemente revolucionarios, acaban concretándose en la agenda social progresista promocionada por las grandes corporaciones económicas y los poderes políticos del mundo liberal.
En la práctica, el izquierdismo progre no se interesa por el capitalismo como estructura de explotación o mecanismo de alienación, pues aquello que recibe plena atención son las pautas y los estilos de vida, la forma en que se articula y organiza la vida social, y se producen y reproducen los significados morales de los sujetos. Su indignación se circunscribe a cuestiones culturales (¡fiestas municipales inclusivas y diversas![16]) o cuestiones simbólicas (¡que los obesos estén representados en el Congreso![17]) en las que pugnan estilos de vida en competición.
A la postre, las ambiciones políticas del izquierdismo progre acaban reducidas a una suerte de reformismo moral promovido por unas clases urbanas educadas que asumen una serie de marcadores de pertenencia a un espacio social distintivo: un nuevo lenguaje inclusivo no sexista ni capacitista y respetuoso con los pronombres sentidos, una pauta de alimentación sostenible y asociada a un patrón de consumo ecológicamente responsable, unas aficiones que basculan entre lo singular y lo extravagante… incluso en ciertos ambientes ya es cool padecer ansiedad a causa de un posible cataclismo ambiental.
Y, a todo esto, la lucha de clases acaba resultando un resabio del pasado, algo que, como la familia o la nación, solamente debería encontrarse como una remembranza pintoresca que evocan los más ancianos del lugar. Porque ya no son asimetrías socioeconómicas, sino diferencias socioculturales (pasar por la universidad o no, ser de ciudad o de campo, un boomer o de generación Alfa…), aquello que explicaría las preferencias políticas de los ciudadanos.
Conclusiones
Las divagaciones académicas que impregnan la sociedad estadounidense se filtran a través de canales mediáticos e institucionales y, ya en este lado del mundo, son recogidas por unos activistas sociales que actúan como custodios, a la par que promotores, del disciplinante progresismo oficial. Su función radical es ser el cortafuegos que impida la propagación de un impulso político verdaderamente radical.
Los guardianes de la conciencia colectiva tienen el deber de acotar el espacio de discusión política: implantar ciertas prohibiciones sobre las cuales no es posible dialogar, y decretar ciertos asuntos a partir de los cuales orientar el debate público. Para estos comisarios del pensamiento único, los pregones moralizantes, a veces acompañados de pantomimas exaltadas, substituyen las argumentaciones políticas.
Desde la seguridad que proporciona la burbuja ética en la que se recluye, el woke es incapaz de afrontar la crítica y de mostrarse dispuesto a modificar sus ideas preconcebidas. La sana discrepancia o la discusión racional, ni si quiera una deliberación desinhibida, es ya posible para los ayatolás del pensamiento correcto. No debe extrañarnos que sea así, pues el cometido de los feligreses izquierdistas es anatematizar las opiniones divergentes a la oficial.

La fiscalización de las ideas y la denuncia de los comentarios sospechosos de desviacionismo ideológico con respecto al pensamiento progresista homologado son la misión que asumen. No combaten los fundamentos teóricos de las ideas, sino que sencillamente las catalogan y, si son peligrosas para el status quo, cuelgan sobre ellas el correspondiente sambenito. A cambio de los servicios prestados, estos cazafantasmas de -ismos inexistentes, logran integrarse en medios de comunicación, grupos de investigación, organizaciones no gubernamentales, asociaciones culturales, así como institutos, observatorios o fundaciones, ya sea que dependan de subvenciones y ayudas públicas, o que estén financiados por inversores y grandes corporaciones privadas.
Tampoco son pocos los contertulios y analistas políticos de programas de radio y/o TV cuyos méritos previos han consistido en realizar las actividades propias del arqueólogo de Twitter: indagar opiniones pasadas de determinados personajes a fin de realizar acusaciones que los invaliden públicamente. Pese a su atribución de experto, el tertuliano o analista cumple la función de empequeñecer la «ventana de Overton». En ocasiones, el wokismo es más eficaz vestido con traje y corbata que con el pelo pintado de rosa o azul.
Téngase en cuenta, por otro lado, que la censura se desplaza del ámbito político hacia el ámbito social: se puede criticar al capitalismo, siempre que sea al capitalismo en abstracto, pero se niega la crítica sobre las expresiones sociales concretas de ese mismo capitalismo. De modo que sería una inequívoca muestra de transfobia oponerse a la promoción del transgenerismo desde espacios escolares, o –por poner otro ejemplo– nos encontraríamos ante un evidente caso de xenofobia si se cuestionara la idoneidad de que por cada nacimiento que hay en España lleguen tres inmigrantes[18]. Preferible será callar que exponerse a ser convertido en un integrante de ese supuesto fascismo renacido.
No obstante, por más que se proyecte sobre la actualidad la lógica de los años 30, no hay una amenaza fascista a la vuelta de la esquina. Tenemos problemas, muy graves, y ya presentes. Pero si no sabemos leerlos, será imposible darles respuesta. Existe un malestar latente relacionado, no sólo con dificultades económicas inmediatas, sino con la ausencia de expectativas sociales. Y el izquierdismo progre, si es que pretende canalizar ese malestar social, es hacia el autodesarrollo de la personalidad por vía de una identidad diferencial. Se trata, una vez más, de despolitizar los problemas sociales.
[1] Riera, Miguel. “Los nuevos inquisidores”. Topo Express. 3 mayo 2023.
[2] A este wokismo a la española también se lo ha denominado izquierda caniche, patinete, abdicante, fucsia, feng-shui, brilli-brilli, arcoíris… También hay quien ha comparado esta izquierda woke con los Telettubies y con Los Fruittis, series de dibujos animados cuya función primordial es entretener a los niños. En este texto se optará por izquierdismo progre; admitiendo que, de algún modo, se emparenta con lo que se conoce como izquierda caviar.
[3] Pasolini, Pier Paolo. El fascismo de los antifascistas. Galaxia Gutenberg, 2021, p. 18.
[4] Siendo que esta tesis ya ha sido desarrollada en otros de mis escritos, no me detengo a desarrollarla.
[5] En Estados Unidos se conoce como «antifa» al abigarrado movimiento antifascista. Uno de sus lemas corresponde al acrónimo A.C.A.B. (All cops are bastards: «Todos los policías son unos bastardos»). Y ello nos regresa a Pasolini: al respecto de los enfrentamientos entre los estudiantes y la policía en la batalla de Valle Giulia (Roma, 1 marzo de 1968), afirmaba… «¡Yo simpatizaba con los policías! Porque los policías son hijos de pobres».
[6] Michaels, Walter Benn. “Contra la diversidad”. New Left Review, nº 52, sep-oct de 2008, pp. 29-32.
[7] The White House: “Press Briefing by Press Secretary Karine Jean-Pierre and National Security Council Coordinator for Strategic Communications John Kirby”. 06 de abril de 2023 [en línea].
[8] The White House: “Remarks by Vice President Harris on Combatting Climate Change and Building a Clean Energy Economy”. 14 de julio de 2023 [en línea]. En la posterior transcripción, se atribuye a un supuesto lapsus línguae la referencia a «reducimos la población».
[9] Y si Marx se salva de la proscripción es porque, despojado de cualquier impulso práxico, resulta fetichizado como un pin irreverente exhibido en la pechera de la chaqueta. También es usado para comercializar cursos destinados a quienes pretenden acumular méritos curriculares. Un ejemplo reciente es Marx para todes. Genealogías del pensamiento radical, un curso de wokismo académico impartido por el Instituto de Estudios Culturales y Cambio Social.
[10] Movimientos sociales, pese a asumir un activismo sedentario en forma de lo que se conoce como «chiringuitos»: un entramado asociativo que depende de subvenciones públicas.
[11] Erice, F. En defensa de la razón. Contribución a la crítica del posmodernismo. Siglo XXI, 2020, p. 520.
[12] En España, el «bipartidismo ampliado» que supone la «política de bloques» conformada por PSOE/Sumar y PP/VOX.
[13] Sin embargo, es muy relevante que el izquierdismo progre acostumbre a romantizar la figural del lumpenproletariado; siendo exonerado de responsabilidad moral cuando su actividad delincuencial es perjudicial para los trabajadores con los que cohabita en áreas urbanas degradadas. ¿Será porque el lumpen, además de estar desposeído de conciencia de clase, genera dislocaciones en el seno de la clase obrera?
[14] La proliferación de identidades nos permite disponer de un mayor abanico a partir del cual elegirnos como si fuéramos productos en un supermercado: «Obligar a las personas a asumir una identidad, y sólo una, hace que éstas se dividan entre sí y, por tanto, aísla a las minorías», afirma Eric Hobsbawm.
[15] Sin ir más lejos, ya se ha conocido la detención de un ciudadano español por «un delito de odio contra la Asociación de Empresarios»: Europa Press Galicia. 24 de julio de 2023 [en línea].
[16] “El Ajuntament de Dénia contribuye a hacer más inclusivas y diversas las fiestas de Moros i Cristians”. 27 de julio de 2023 [en línea].
[17] La secretaria de Estado de Igualdad y Violencia de Género, Ángela Rodríguez ‘Pam’, reconoce que «dedicaba mucho tiempo a pensar cuántas personas gordas había en el Congreso». Al parecer apenas hay gordos en el Congreso, con lo cual, ‘Pam’ concluye que «a la política le falta aún mucha diversidad». Podcast Esto es nutrición, #58, 3 mayo 2023 [en línea].
[18] Durante el primer semestre de 2022 en España hubo 158.816 nacimientos y 478.990 inmigrantes contabilizados. Se trata de una equivalencia de 1 a 3. Son datos del Instituto Nacional de Estadística (INE): http://www.ine.es/prensa/cp_j2022_p.pdf El INE no ha publicado estos mismos datos en los semestres posteriores. Sospechamos que el principal tabú no es el transgenerismo, sino la inmigración. Quizá porque tiene un impacto mucho mayor en la economía política y, en general, en el modelo de sociedad que se está configurando en España.