Miguel Candel Sanmartín

Publicado en: VVAA. Para Miguel Candel, en su octogésimo aniversario… ¡y que sean muchos más! Autoedición (pp.123-124)

A los imprescindibles que permanecen

El último modelo de computadora. La serie más esperada. Un motor inédito. Tu champú con nueva fórmula. Innovando soluciones. Y un largo etcétera. Tanto más convincente resulta la promesa de ser mejor cuanto más se aleja del pasado. También ocurre con las personas. Acentuamos cualidades como originalidad o creatividad al optar, por ejemplo, a un puesto laboral. Cualquier cosa que se venda debe ser reciente, porque de lo contrario ya ha perdido vigencia y resulta caduca. A nuestro alrededor se levanta una escenografía de superficies tersas como una piel sin arrugas ni estrías, un decorado deslumbrante como lámparas de quirófano, y aséptico como el instrumental esterilizado que emplea el cirujano. Ya sólo envejecen quienes no pueden renovarse, rediseñarse, reciclarse, reinventarse. Obsoletos devienen los bienes de consumo y las personas que desobedecen el mandato de consumirlos. Arcaicos los objetos, las prácticas y los saberes, al tiempo que las profesiones desaparecen, que muchos oficios ya no existen. Nuestro mundo se reformula a sí mismo a medida que rota sobre su propio eje. El mundo moderno, y el calificativo de moderno, quedó ya antiguo. Porque más flamante, fresco y centelleante resulta emplear el calificativo new, advanced, unusual. Hablan en inglés los conceptos que vienen del futuro. Mientras que vetustos resultan los ideales que proceden del pasado. Y se considera rancio a quien sobre esos ideales se mantiene firme. Si parpadeas te lo pierdes. Si no lo persigues se te escapa. Porque lo óptimo no permanece, sino que sólo se alcanza. Para alcanzar el éxito hay que correr hacia adelante. Sin importar lo que queda atrás ni a quién se deja atrás. Todo se mueve rápido, ayer fue un pasado remoto. Y ante este progreso, que a empellones nos precipita a la irrelevancia, yo me detengo a observar atentamente la superioridad que me precedió. Y ahí es donde, entre sólidos esfuerzos por crear monumentos erigidos a la sabiduría, y vestigios imperecederos de la búsqueda de fraternidad, me encuentro a los imprescindibles que permanecen. Miguel Candel, uno de ellos. Me enseñan que la excelencia de los hombres no se encuentra subordinada a factores volubles e inestables. A pesar de que en cada momento y en cada lugar unos hombres, y no otros, sean considerados un referente para los demás. Cierto es que nuestra vacua sociedad considera eminente a cualquier celebridad aturullada, y convierte a un cenutrio en un modelo a seguir e imitar. Ahora bien, suficiente resulta conversar con Candel para constatar que los trascendentales atraviesan la historia humana. Aquí está la lección personificada. Aunque los valores dominantes encumbran socialmente a botarates de cuestionables habilidades, los imprescindibles permanecen. A veces ocultos, a veces más cerca de lo que pudiéramos sospechar. Aquí está Candel. Uno de quienes le otorgan a la triada clásica de «lo bueno, lo bello y lo verdadero» el sentido de lo absoluto al que los seres humanos, sea uno u otro el tiempo en que nos corresponda vivir, debemos aspirar.

Barcelona, 20 de octubre de 2024